Junichiro Tanizaki dice que Japón es un constante elogio a la sombra. Lo que más me llama a mi la atención, desde la superficialidad de mi experiencia es, sin embargo, el peso del silencio. Uno tiene la sensación, cuando llega a Japón, de que el gran continente asiático choca contra un abismo de silencio. El dragón del continente calla en las islas niponas, desde Shikoku hasta Hokkaido. Por supuesto que el transeúnte abraza las mil formas de ruido urbano, desde el jolgorio de la calle Takeshita hasta el retratadísimo cruce de Shibuya. Pero el ruido que se desprende lo hace con plena consciencia del silencio que rompe. De la misma manera que un pintor, respirando bien hondo, es consciente de la blancura que va a romper con su primera pincelada.
Quizás ese silencio sea fruto de siglos y siglos en los que cada cosa, cada hombre y cada mujer tenía su lugar y función de ser en un mundo regido por el detalle y la precisión. La llegada de un emperador Meiji irrumpió en ese mundo feudal con la mala leche de un anuncio de IKEA en medio de una película de Kurosawa (por ejemplo).
Lily Litvak ya señala en su libro El sendero del tigre (1986) la fascinación por algunos escritores españoles del siglo diecinueve por el tema japonés. El exotismo, muy propio de la época, buscaba un país de helechos enanos y agua de tocador. Jordi Carrión señala en su blog el creciente interés inusitado de lo japonés por parte de algunos escritores jóvenes en España, desde Loriga hasta Torres Blandina.
Más allá de la literatura española, el exotismo del viaje nipón ha dado numerosos frutos literarios, con Loti como principal instigador, pasando por Pico Iyer o John David Morley. Solo Roland Barthes, en su pseudo-libro de viajes Empire of Signs (1970), nos advierte que el país acerca el cual vamos a leer en su libro—Japón—no existe.
Barthes tiene razón. Uno tiene la sensación, cuando llega, de que Japón solo existe en la literatura y en el cine occidental, con sus kimonos, sus saltos imposibles y su incienso ocre. El silencio del Japón diario, secreto, doméstico, subyace a nuestros ojos occidentales como el fondo de un estanque del cual rara vez podemos atrapar el coletazo de un pez naranja.
Nosotros, turistas, nos contentamos con acariciar la colorida epidermis de la flor del crisantemo. Desde el mismo exotismo del que se quiere escapar, uno se ve, atrapado y enmarañado en japonismos varios. Uno lo intenta evitar pero ve el Japón de postal por todas partes. Es inevitable. Japón es omnipresente pero si se quiere ir más allá, resulta indescifrable, impenetrable.
No soy el primer turista que fantasea con escribir haikus en un jardincito zen al final de una avenida de Tokio.
Los fogonazos que presento aqui siguen siendo poemas polaroid, una suerte de momentos cazados casi al azar sin mucha importancia histórica y menos peso estético. Sin embargo son momentos que, unidos uno tras otro, conforman de manera fidedigna el trazo de mi paso (junto a la dulce D y a mi hijo de diez meses) por un diciembre japonés.
Solo me he planteado una exigencia discursiva: no caer en el maldito estereotipo-talosgüevos del “Japón entre la tradición y la modernidad”. Y aún así he caído una y otra vez. Víctima de nuestro propio ruido.
(Por cierto, incluyo al final unas traducciones que hice muy libremente de algunos de los poetas que nos han acompañado).
Haru wa hana En primavera, las flores
Natsu hototogisu En verano, el cuco
Aki wa tsuki En otoño, la luna
Fuyu Yuki saete En invierno, la fría
Suzushikarikeri y nieve de cristal.
setsu (nieve)
Mañana fresca de diciembre.
La brisa seca del interior
esconde las montañas tras la bruma.
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Fría la corriente
entra desde Meji-dori.
La vieja se encorva para recoger las
últimas flores que deja
el otoño.
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Las mujeres en Japón son hijas
hasta que son esposas
hasta que son madres
dice la profesora Higashiyama después
de comprar habas dulces en el mercado de Ueno.
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En el museo nacional de Tokio
las armaduras de los samurai
reposan en la oscuridad de la sala 6.
El grito de un bebé atraviesa el pasillo.
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En el parque de Ueno
un transeúnte retrata con su
móvil las hojas del ginko amarillo
que caen.
Inmortalidad en 8 megapíxels.
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Se seca el pelo negro enfrente
del espejo.
De su bata gris con estampados de
tigres un pecho blanco
sale.
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El ejecutivo del barrio de Ginza
se coloca un babero de papel.
Un grano de arroz en la comisura
de su bragueta.
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Una colegial pasea a su abuela
En silla de ruedas por el parque
Kitanomaru.
Hojas rojas del momiji caen sobre su mirada absorta.
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Complejos industriales se deshacen a 230 km/h.
Solo
el monte Fuji permanece
inmóvil.
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La estufa de keroseno calienta
el interior de la habitación de papel.
En el exterior el frío calla.
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El servicio de limpieza de la ciudad
desbroza el paseo de los filósofos.
En el canal el barbo nada con la corriente.
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En la madeja de cemento
torres de cableado y contenedor,
Un ginko amarillo pierde sus hojas.
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Sobre la parcela de hierba seca
y tendido eléctrico
el halcón planea.
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Las primeras nieves en las laderas
recuerdan al cuervo que el otoño
ha acabado.
El tren bala atraviesa en silencio
el bosque de bambú.
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Desde la colina de Inari
la ciudad parece el fondo de un río seco
o las mil lápidas del templo Adashino Nenbutasuji.
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Algunas tardes los habitantes de Kashima
no saben si el monte Fuji
es de hielo o de nube.
getsu (luna)
En la línea Hibiya hacia Ueno
la ciudad se persigue entre estaciones.
En la soledad del vagón
el ejecutivo duerme.
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En el cruce de Shibuya las zebras
rugen a cada paso.
En el parque de Yoyogi,
bajo el arce de diciembre,
silencio de tatami.
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Las nueve de la manana y el turista
posee con su canon
los jardines del palacio imperial.
Me siento con un té en la mano
y veo cómo despierta el barrio trabajador de Taito.
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Para Mayuko volver a Japón
significa tomarse un baño caliente
de una hora. Reencuentro a 40 grados.
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Las mañanas del barrio de Taito
son una interminable canción de jazz
subterránea.
Las estrellas fluorescentes se desvanecen
una
a
una.
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Cielo azul sobre palacio imperial.
Silencio y vacío.
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Encaramado a su grúa, el obrero
da forma al silencio
con su martillo.
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Después de las primeras lluvias
de diciembre la luna
se congela al final
de una avenida de Kyoto.
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En la madrugada del templo de Daitokuji
el sol sale por la colina de Daimonji
y la luna, en cuarto creciente,
queda atrapada entre los juncos de bambú.
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Una estudiante pedalea a través
del parque de noche. Su farol
alumbra un guante rojo sobre el
adoquín frío.
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El maestro zen del templo Ryansen
acaba de salir de su operación de cadera.
Las enfermeras lo encontraron desnudo
en el pasillo del hospital
gritando incongruencias en inglés.
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El tren Hiraki 472 atraviesa
los campos y las ciudades de Kansai
con la suavidad de un cuchillo que
penetra en la carne.
ka (flores)
El paseo de Shinjuku parece no tener fin.
Las torres de Shinjuku parecen no tener fin.
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La mendiga de abrigo amarillo con flores
canta una canción.
Se tapa la boca sin dientes
y ríe.
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En el santuario los feligreses dan dos palmadas
y reverencian a los dioses
que hacen palomitas.
La niña del kimono se deja fotografiar
por los turistas.
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Pelirojos, pelinegros, pelioscuros,
pelitrenzados, pelilampiños, pelidesenfrenados,
pelinulos, peliagudos, peliculeros,
¿Quién dijo que los japoneses
eran todos iguales?
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La profesora Higashiyama
confiesa que es demasiado libre
para ser mujer en su país.
Sonríe mientras sorbe su sopa.
. . .
El Asakusa-dori acaba en pirotecnia
de farolillo y templo.
. . .
En el Café Canal en Kagurazaka
un joven con corbata corteja a
una tuerta con oreja deforme.
Cuando sonríe es más bella que
todas las orquídeas del alféizar.
. . .
En la avenida Kachidoki, en Ginza,
Louis Vuitton observa a Chanel
que vigila a Cartier
que escudriña a Bulgari
que ronda a Louis Vuitton.
Origami del derroche jugando
a las cuatro esquinas.
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En el establecimiento se sushi Jarocho
dos jóvenes oficinistas comparten cerveza
y las fotos del último viaje del cocinero
a China.
Pipas de calabaza en el plato.
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Fujiyama, abanico
de hielo, ¿Cuándo habrá fuego
de nuevo en el corazón de la
princesa Asama?
. . .
La salida de la estación de Ueno
es la boca de un perro que escupe
fuego de colores.
Solo
un monje que pide limosna
(invisible)
resiste la furia de la bestia.
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En el mercadillo
el joven dependiente riega
las flores de la calle
con el esmero del que sirve
al único cliente del día.
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El Extremo Oriente, en cuanto se acerca a
mi hijo de diez meses tapadito
hasta las orejas, se convierte en el
extremo O riente.
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El vagón se desliza por las vías
de la línea Tozai mientras en su interior
los pasajeros duermen.
Escucha atentamente y oirás
el llanto de las ballenas.
. . .
El gran actor Kawamura Haruhisa
me confiesa que le ha costado cuarenta años
aprender a actuar.
Ahora actúa con la habilidad de seiscientos años.
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El humilde actor Kawamura Haruhisa sostiene
en una mano su máscara más preciada.
Dice que el que espera, ama.
Al depositar la máscara en el suelo
ésta todavía mira al actor.
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Las geishas no existen
pero haberlas haylas.
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En el soleado domingo de diciembre
la joven maiko lleva presentes a su maestra.
La madre admira la blancura de su rostro.
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En la cabaña de los caquis estuvo
tres veces el gran Basho.
Coloco mis pies bajo el marco de la puerta
en busca de inspiración.
Solo cansancio y frio.
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En la cabaña de los caquis vivió
el poeta Mukai Kyorai.
El hueco bambú del sishi-odoshi
sigue golpeando la piedra en su jardín.
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El silencio de la meditación en la mañana
es un kimono blanco.
El canto de los pájaros y el graznido
del cuervo son sus bordados.
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Qué belleza si cayeran
una a una
las rojas puertas en el otoño
de la colina Inari.
Muerte de una rana
Mataron una rana.
El círculo de niños levantó sus manos.
Todos juntos,
sus preciosas
manitas
llenas de sangre.
La luna salió.
Sobre la colina un hombre.
Bajo su sombrero una cara.
(Sakutaro Hagiwara)
Río de ciudad
La lluvia cae en silencio.
El río la acalla
con un ruido delicado.
Ocasionalmente pasa un tranvía reflejando sombras
sobre la muda superficie de plomo.
Numerosas barcazas amarradas entre sí.
Aunque las barcas tocadas por la lluvia
parecen moverse,
están atadas.
De los aleros de un tejado una línea de humo se alza.
Desde una ventana un niño observa el tranvía sobre
el puente mientras lo atraviesa.
Figuras de gente en la calle se reflejan sobre
el agua
y tranquilamente desparecen.
El humo se alza más y más alto.
Una mujer que se asemeja a la madre de su hijo
límpia un manojo verde de puerros.
Bajo el murmullo de la lluvia todo se ha convertido en una fantasía
del puente.
(Saisei Muro)
Río de hielo
Mirando unas escasas flores
el día oscurece.
Alrededor de las flores
el aire se enfría más y más,
ni siquiera un polilla aparece ahora.
Ninguna carta de ningún sitio,
en la noches de otoño
el sonido de los insectos
fluye como agua.
¿Qué busca el llanto de los insectos a través de la noche?
Llega hacia mí flotando
convirtiéndose finalmente en río de hielo.
(Shigeji Tsuboi)
Huellas
Hace mucho tiempo
Un zorro corría por la orilla del río.
Después,
pasaron decenas de miles de años
y la superficie de arcilla se fosilizó con las huellas todavía allí.
Si encuentras las huellas, podrás entender lo que pensaba el zorro
mientras corría.
(Shinjiro Kurahara)
Estrellas de noche
Hay estrellas sobre Japón.
Hay estrellas que huelen a gasolina
Hay estrellas de marcado acento.
Hay estrellas que suenan a automóviles Ford.
Hay estrellas del color de la Coca-Cola.
Hay estrellas con el zumbido de un refrigerador
eléctrico.
Hay estrellas que contienen el traqueteo de las latas.
Abrillantadas con gasa y pinza
Hay estrellas desinfectadas con formalina.
Hay estrellas con radioactividad.
Hay algunas estrellas demasiado rápidas para el ojo.
Estrellas que dibujan orbitas inesperadas.
Lejanas, lejanas,
estrellas que se clavan en el oscuro
barranco del universo.
Hay estrellas sobre Japón.
Ellas, en las noches de invierno,
cada noche, cada noche,
se unen en pesadas cadenas.
(Iku Takenaka)
El juego del escondite
De repente inmóvil,
el mundo se para.
Todo el mundo calla
maliciosamente.
Bajo la mejilla algodonada
una templada brisa pasa.
(Saburo Kuroda)
Pícnic en la Tierra
Saltemos a la comba, aqui.
Comamos bolas de arroz juntos.
Aqui te amaré.
Tus ojos reflejan el azul del cielo.
Tu espalda se teñirá del verde de la hierba.
Aquí aprenderemos juntos el nombre de todas las estrellas.
Quedémonos aquí e imaginemos todo lo que está lejos.
Recojamos conchas.
Del cielo de la madrugada
recojamos pequeñas estrellas de mar.
Para el desayuno las devolveremos todas
y dejaremos escapar la noche.
Seguiré diciendo “¡He vuelto!”
siempre y cuando repitas “¡Bienvenido!”
Aqui seguiré, volviendo una y otra vez.
Bebamos té.
Sentémonos juntos un momento
Dejemos que la brisa nos refresque.
(Shuntaro Tanikawa)
(todas las imágenes han sido realizadas por E. Moyà o D. Butler)