En el trópico el mito del descubrimiento se te anuncia a cada aliento. Desde Cook hasta Stevenson, Luis V. De Torres, Quirós, Melville o Theroux. El descubrimiento de una isla perdida, de una tribu caníbal o de una sexualidad exuberante y ofrecida.
Declaraba Levy-Strauss en la década de los cincuenta que ya no quedaba nada por descubrir, ni siquiera en la pesada maraña de los trópicos. El libro de viaje había muerto. En la década del vuelo transatlántico ya no era posible el descubrimiento, la aventura. Solo re-visitación, búsqueda de marcadores de un discurso exótico al mejor precio. El antropólogo se equivoca (o se ríe de nosotros) cuando después de jodernos las expectativas de su libro nos sumerge en un viaje oscuro y enmarañado en la selva brasileña que reúne todos los elementos y tópicos de la literatura de exploración.
Si hay un lugar en el mundo donde los tópicos tienen vida y se retro-alimentan espoleados por la magia de las latitudes imposibles ese es Papúa Nueva Guinea. La fuerza del tópico trópico reside, precisamente, en que Papúa es una isla mágica y terrible que se ha perdido en el uso de los tiempos (gramaticales). En Papúa siempre es presente muy simple. No hay señal viva de historia, al menos de historia monumental como la entendemos en occidente (voluntad egotista de inmortalidad y grandeza por los siglos de los siglos amén).
El arqueólogo y profesor Ian Lilley dice que me equivoco. Que no sé mirar. Que Papúa está lleno de historia en cada esquina y en cada avenida.
No sé si mi (de)formación cultural me hace buscar objetos que no existen (demasiado pequeños quizás) o es que estoy desarrollando una miopía colonialista. Quizás el profesor Lilley se refiere a la historia que llevan consigo los papuanos a cuestas, en el silencio dorado de las noches de Mosbi (Port Moresby), y que se abre poco a poco a medida que se sirven gin tonics (con mucha tónica contra los mosquitos) en cualquier terraza abrazada de alambrada.
Aquí los hombres, dice Noel hablando de los expatriados, son hombres de frontera. Tiene razón. No he conocido en diez días a nadie que no sea minero, ingeniero, capataz de plantación maderero, patrón de buque de cargamento o mecánico industrial. Nadie habla de teatro ni de literatura ¿Y las mujeres? Las mujeres duran un contrato. Si renuevas se marchan a Australia o a China o a Japón. A no ser que hayan nacido aquí. Si es así se podrán marchar, pero Papúa será siempre su hogar.
Harry Hughes era uno de esos hombres de frontera. Un buscavidas. Un cuentacuentos. Noel lo empleó en su empresa de exportación de cacao como hombre de contacto entre las plantaciones y la oficina central, pero nadie sabía exactamente lo que hacía. Lo que al viejo Hughes le gustaba era contar sus historias. De como cuando en la erupción del volcán Matupit en el Rabaul de 1937, solo los más hombres quedaron esperando la lava en el único pub de la ciudad. El pub lo regentaba una mujer dura como el cuero. La casa invitó a los hombres a ron y whisky hasta que todos cayeron en etílico sueño y sopor. Hughes y la dueña pasaron la madrugada en la alcoba follando sin tregua mientras los copos grises de ceniza caían sobre el tejado de hojalata arrugada. O como ya en Mosbi en los cincuenta (¿o era antes?) sacó a puñetazos a Errol Flynn de un bar por flirtear con su mujer. Hughes guardó el recorte del periódico y cada vez que contaba la historia lo sacaba, más desgastado e ilegible.
Esos hombres llenos de historias no son los descoloridos johnwaynes de nuestra imaginación. Si tu preguntas a cualquiera te saldrá con una historia similar. Anthony Rainbird, (al que llaman Rainbow) capataz de una plantación de café y de madre zaragozana nos cuenta como se tuvo que parapetar con un M16 y tres trabajadores de Buka en su casa esperando el ataque inminente de un clan que quería más ganancias que los demás en la distribución de los sueldos. Le costó dos noches y tres cartuchos de balas llegar a una negociación. Dominique me cuenta como hace dos meses sacó a disparos a una joven local a la que un taxista estaba violando en plena carrera. Su hermano Andrew se ríe y me dice que eso no es nada. Hace dos semanas en el puerto dos clanes que trabajan para la empresa familiar se liaron a machetazos y flechas por una cuestión de venganza personal (payback). Andrew explica que por más que los mandara a trabajar estos seguían luchando. La contienda acabó con una pierna amputada y lanzada a las aguas del puerto y un hombre atravesado por veinte flechas. No le pregunté si al día siguiente todos fueron a trabajar. Dice Dom (con sus treinta años y dentadura blanco-eléctrico renovada en Shangai) que colgará el video en youtube. Lamentablemente estos hombres de frontera son los que han traído el futuro simple y compuesto sin manual de uso ni conjugación. Así es que algún lugareño (papuano), al acabar el día vuelve a su casa bañada por las aguas del puerto y enciende una hoguera con el neumático que ha encontrado el niño al volver de la escuela. El hilillo de humo negro delata la mala cocina. O el pescador cuyo primo trabaja de mensajero en una empresa química y le consigue dinamita o cianuro para pescar. No entiende porqué el arrecife ya no le da más pescado. O el padre de la región de las tierras altas que se ha comido a su hijo porque se lo ha pedido Dios. Comenta el Papua New Guinea Post Courier que toda la región teme que vuelva el canibalismo.
Salvajadas.
Salvajadas porque están llenas de trópico. ¿Por qué no podrán ser como nosotros y utilizar redes de arrastre para acabar más rápido con los meros y atunes y focas monje como en el Mediterráneo? ¿Por qué no hacen circunvalaciones de asfalto que circunvalen autopistas que corten a través de autovías para ir a ver la puesta de sol al ritmo de unos bembés y unos mojitos? ¿Por qué no quieren pasar treinta años de sus vidas pagándole a un ente bancario el precio de sus casas en intereses como toda persona civilizada? ¿Y lo bueno que es que los tomates del Mercadona luzcan preciosos en sus cajitas de plástico aunque que solo sepan a agua, o que los filetes se reduzcan en juguito de hormonas cada vez que las echas a la sartén, o que ya nadie sepa a lo que sabe un mango recién caído del árbol? Bueno, los niños papuanos si.
Si miro un poco entre latitudes (que es como mirar entre lineas) me parezco al negativo de los personajes de Los desterrados. En el cuento de Quiroga, los personajes son los anticonquistadores de la neocolonia. Intentan vivir dentro de los parámetros civilizados pero la selva se les ha metido dentro y les va comiendo poco a poco. Son los ex-hombres. Quizás yo también sea un ex-hombre jugando a ser salvaje en la jungla de mapas y callejeros. Quizás el que anda perdido entre malezas de conjugaciones, tiempos y modos sea yo, en busca de estatuas y templos venerados que me aten a la larga tradición del tópico. En busca de un tiempo más que perfecto.
En la próxima entrada os contaré cómo remé tres horas por los fiordos de la provincia de Oro en busca de la choza de Arthur para que me descubriera más secretos del viaje por el tiempo. Y de como nunca lo encontré. 

