Desde la cima del monte Ararat se percibe en planos euclidianos un infinito parduzco y sin fronteras. Así debió quedar la Tierra después del Diluvio. Planita. Sin dibujo. Sin Armenia ni Kurdistán ni Irán ni Turquía ni Irak.
Los más bíblicos se imaginan una tormenta de furia sólo comparable a la de su dios colérico e iracundo, de barbas enloquecidas y boca espumada. Los más escépticos buscan teorías fantásticas entre el Bósforo, el Tigris y el Éufrates.
Tres años después de la ascensión a la Montaña del Dolor (que dicen los armenios) puedo atestiguar que, de algún modo, también he presenciado el diluvio.
Los muertos del valle de Lockyer debieron recibir el zarpazo divino en forma de cuchilla de agua. Tsunami fluvial lo llamaron ellos. En Brisbane, sin embargo, lo recibimos como una tragedia a cuentagotas. La gente se agolpaba en puentes y orillas para ver como el agua subía por minutos. La fiesta antes de la debacle. Unos contaban amarraderos con su barca incluída bajando con la corriente. Los más morbosos presagiaban que a los dos días bajarían los cadáveres de los 72 (entonces) desaparecidos. Y el agua subió y subió.
Y llegó el aburrimiento y el silencio. Los barrios no afectados nos sumimos en un eterno domingo. Mientras, barrios como Milton, Santa Lucia, Rosalie, West End, Fairfield o New Farm se hundían bajo una masa turbulenta de agua, contenedores y árboles a la deriva. Los barrios no afectados notábamos la escasez de leche, pan o combustible de un día para otro. Otros se pegaban a la tele y rezaban para que no les quitaran la electricidad. De nuevo, el silencio de las conjeturas.
Y la lluvia paró y el diluvio cesó.
La ciudad apagó los televisores, cogió palas, cubos y escobas organizándose en milicias de barro e inmundicia. Se andaba codo con codo con el extraño compartiendo zanja o botella de gatorade. Unos comentaban que lo habían perdido todo, otros que se nos había metido una abuela en casa y que no sabíamos cuando saldría. Los más socarrones se sentaban en la mierda espetando que al menos no tendrían que cortar el césped en unas semanas. Oí a un hijo preguntar a su madre que cómo cojones las hormigas habían sobrevivido si vivían bajo una tierra convertida en lodo. La madre le contestó que eran de otro barrio. En la piscina del campus de Santa Lucía abrí un armario sellado del que salieron como zombis cuatro maniquíes de prácticas de socorro. El barro se los zampó. Una compañera de la facultad me dijo que había redescubierto los juegos de mesa (después de siete días sin electricidad) y que su hija adolescente ya era capaz de hablar con ella más de cinco minutos seguidos. Alguien dijo ver un tiburón toro en una de las calles principales de su barrio. Mi vecina la gorda (agorafóbica y xenófoba aficionada) salió a la calle para preguntarles a los hindúes de enfrente si los niños estaban bien surtidos de leche. Mi hijo de diez meses ha aprendido a ponerse de pie. El perejil de nuestro vecino Angello cada vez está más largo. Unos días más y podremos cogerlo y congelarlo para preparar pargo rojo de la bahía de Moreton con arroz. El piano de Emely desapareció entre las aguas y probablemente nosotros fuimos los últimos en escucharlo. El Powerhouse abrirá con conciertos esta semana y el parque en el que juega Josep al pirata ya está limpio.
Poco a poco casi todo vuelve a la normalidad. Las televisiones ya no emiten partes de emergencia y hemos vuelto a la soporífera programación semanal. El silencio cívico (no aquel que fue fruto del pánico) se vuelve a imponer en la ciudad. La vecina se ha metido en su casa. La piscina del campus sigue cerrada guardando el secreto de los maniquíes. Las hormigas han vuelto a sus hormigueros. Yo no he visto a ningún dios.
Pero uno se imagina, viendo ahora al adormecido río Brisbane, cómo Noé (o Nuh del Corán o Ziusudra de la épica de Gilgamesh) reconstruyeron de nuevo su mundo arrasado. De la misma manera en que los brisbanitas se han mantenido a flote cuando sus ordenadores, teléfonos, suministros eléctricos, neveras o GPSes han fallado. Volviendo a la palabra.