Doi Inthanon. Tailandia. 2002.

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En la butaca 33H una señora inglesa de pelo rubio-cano y que viaja sola pide una taza de té, solo. Sólo tienen té verde y té rojo. La señora me mira y me pregunta porqué esta gente no tendrá té normal. ¿Qué es normal cuando sobrevuelas otra latitud? De entre los árboles de teca y el frondoso bambú la riada roe la jungla a grandes quijadas. El monzón ha irrumpido sin avisar y ha cortado el paso a las campesinas acompañadas de sus niñas colgadas a hombros.  Y a los turistas. Después de varias noches en las aldeas de los Karen, los Lisu y los Akha, entre la frondosidad de Doi Inthanon y la frontera birmana, nuestro guía se ve forzado a parar la marcha y a esperar que la lluvia cese. Ni el dragón Naga, erguido, podría amedrantar a la diosa Thurani, que no deja de regar la tierra estrechando el extremo de su trenza. I told you big water come. Now wait here, maybe sleep here que dice Wan, mientras se enciende otro cigarrillo de tabaco y opio. Los poblados están a punto de desaparecer. Solo el turismo los puede salvar. Es la única manera de que entre dinero, me comenta Sukrep en casi perfecto inglés. En las aldeas solo quedan abuelos y niños. Como Pong o como Na, que recorren dos horas diarias para ir a la escuela más cercana y descubrir que el maestro ese día no vendrá porque le han cortado la carretera. Los jóvenes y los adultos se desplazan a la ciudad para hacer dinero sin mucho esfuerzo. De aquí a diez años seremos pasto de la jungla. Las raíces carcomerán nuestras casas y nuestras vidas. De esa conversación hace una década. Me pregunto qué será de Sukrep y de su selva ahora. 

De la incesante lluvia se levanta una capa de bruma que lo empaña todo de Salgari. Los minutos se suceden y las lenguas de una agresiva agua rojiza culebrean a nuestro alrededor. El mojado silencio se rompe, violentamente, por el sordo chasquido de los enormes troncos de bambú. Todos nos miramos y dirigimos nuestros ojos hacia la arboleda. Bengal tigers? Se ríe Wan. De entre la bruma aparecen cuatro monstruos paquidérmicos azules. Nadie da crédito. Con paso lento los elefantes destrozan todo lo que tienen a su alrededor para llegar a los turistas embobados, en nuestra isla de hierba y barro. Cuatro niños vestidos de Beckham guían a los animales, que van pescando náufragos en este océano verde de lianas y vapor. Ancianas, críos, cestas, gallinas y turistas colgamos de estos gigantes móviles durante un viaje eterno que acaba en la aldea de los Palong, que nos recibe oscura pero con el halagüeño olor de una hoguera. En nuestro meridiano 0, cuando las tormentas arrecian y llenan el cemento de torrentes de agua gris, se disparan todas las alarmas, los semáforos se declaran en huelga y todo el [primer] mundo, empapadito, entra en pánico. En nuestra latitud es lo normal. Aquí esperas a que te rescate un elefante o pare la riada. Con mucha paciencia. Sin mucho ruido.

En el templo de Doi Suthrep, ya en Chiang Mai, miro a un buda en silencio. En su mirada reverbera todavía el gesto de un joven monje que da de comer a un perro callejero de su mano. En el parque de Lumpinee, ahora, hace ya diez años, en Bangkok, un ladyboy me sirve una ensalada de arroz frito y me sonríe tímida. Me mira fijamente y se va. ¿Qué es el Otro me pregunto mientras ella clava su pupila oblicua en mi pupila? ¿Qué es el otro, te preguntas? El Otro soy yo.


Postal 9: Hong Kong.


En el puerto industrial de la ciudad se levanta una ciudad de bloques y contenedores metálicos. Unos se levantan en torretas multicolores desafiando los rascacielos de Boundary Street. Otros contenedores, los más tímidos, se recogen en calor y asfixia. Lego gigante de deseos y anhelos al que a uno le gustaría barajar y mezclar como piezas del Monopoly, añadiendo otro enredo más al mercado mundial.  El oro, entonces, rota la baraja, llegaría al puerto de Tome. Pilas y pilas de biblias en edición bolsillo harían entrada en Port Annaba. Millones de patitos de goma amarillos se adentrarían por el delta del Río Perla. Las mandarinas volverían con los mandarines. Sedas para Antofagasta. Maniquíes calvas hacia el puerto de Quequén. Aires acondicionados para Vladivostok. MP3s en Macao. Y yo, tras larga espera, desembarcaría en el puerto de Alejandría para oler el vestigio de los miles de mapas quemados y el hinojo marino.

Postal 8: Iglesia de los Capuchinos, Sicilia.


Rosalía Lombardo tiene la misma edad que mi segundo hijo. En realidad llevaba esperándome 87 años embadurnadita de zinc y oscuridad. En las fríos pasillos de las catacumbas capuchinas la bella durmiente saluda sin mirarte a los ojos. Uno puede notar como desde las cuencas ciegas de los ilustres notarios, abogados y médicos, la sorda envidia recae en el cuerpo de esta niña tocada, hace años, por la neumonía. Una vecina del Corso Calatafimi me contaba como Rosalía tenía una hermana gemela que la sobrevivió. Que la visitaba todos los días y que se veían las dos reflejadas en injusto espejo. Una en silencio y con tirabuzón de oro, soñaba con el palpitante alarido del sol meridiano. La otra, con el pelo cano, lloraba la letárgica belleza y la placidez inmortal que hacía tanto que había abandonado.

Postal 7: Faro de l´illa den Pou, Formentera.


Las aguas de un azul imposible escupen un mundo llano roto en islas. Escollos habitados por titanes azotados por tramontanas y mistrales de otoño. Ensimismados por el tórrido xaloc estival.

Entre los islotes de este estrecho mar de freos se alza una columna de mármol con aparato luminoso de cuarto orden de lámparas fijas. Su luminosa cadencia avisa no tanto de los peligros pétreos que se esconden bajo las planas quillas que a ella se acercan. Mas bien, nos alertan, mientras la proa apunta a la menor pitiüsa, de los peligros de abandonar las firmes lajas de la razón por las movedizas quimeras de la salada carne y el desnudo sol.


diez canciones para Woolloongabba


Woolloongabba y el viaje han estado estrechamente relacionados desde el inicio de su historia. Hace siglos era encrucijada de encuentros entre diferentes tribus indígenas. A principios de siglo veinte se establecía aquí el cruce más importante de vías de tren fuera de la ciudad de Brisbane. Obreros de todo Queensland se agolpaban en los pequeños cottages de obrero para alcanzar de madrugada todas las direcciones de un tren en busca de pan, entre los bananeros o en las simas de una mina. Después llegaron los extranjeros. Primero fueron los rusos. Después los italianos y los griegos. A continuación llegaron los serbios y finalmente yo. 
A Woolloongabba la gente llega y la gente se va. Su identidad es liminal, cambiante, como el río que lo rodea. Sus vacilantes cuestas no dejan envejecer el barrio. Su espíritu es del de un niño con el ceño fruncido y frangipani en la oreja que va silbando en la calle a la búsqueda de otra lata que patalear. Hasta que el subtrópico llega. Y dice que es hora de volver a casa.

 
1. Annerley Street

Un río serpentea                                        
se ensortija la gran sierpe                                                      
rompiendo los umbrales del
sueño del tiempo
marcando el paisaje en pozas                                    
insondables.
Cicatrices de tiempo
de sueño.

Hace doscientos años durante                                    
cuarenta mil años bajo la sombra                                                        
de los pinos de bunjia                                                                         
se unían los pasos de los Jagera
y los Turrbal junto al ondulante cauce.

Cientos de guerreros se agolpaban
bajo los árboles para dejar a la guerra hablar.
El equidna escuchaba.
El pardo emú pateaba el terruño pardo.
Nube de rojo.
La kookaburra ríe en la rama.

El viaje ha sido largo.
La maleta se ha descosido




2. Stanley Street

Dice que Queensland es líquida en textura y expansión.  
Woolloongabba es curvilínea, meliflua y se expande
 en el tiempo y el espacio de las maneras más inesperadas. 
Por el norte se estira en lengua de roca e iglesia hasta Kangaroo Point.
Por el este se achata logrando tocar la Grecia de 
las mil olivas especiadas con tomillo y limón en Samio’s (established in 1934). 
Al oeste la gran Madre en la colina entrega 
a la ciudad sus hijos bañados en amniótico sueño. 
Molly Jones me pone un café y el día decolora la calle a medida que se acerca a las doce.
¿Alguien puede oler los frangipanis?
El sur se desconcha en un sumidero de brazos de cemento y asfalto. 
Casitas de madera, jardín y baranda.
Tesoritos del tiempo acorralados por la modernidad. 
Y en el corazón del barrio, un enorme y eterno bostezo.




3. Fleurs Street

 La zarigüeya recorre la noche sin tocarla, flotando.
A lo largo y ancho de las infinitas
conversaciones
que se desprenden de esa cajita luminosa
en la que se lee
Telstra en neón y naranja.
Recorre los versos de una canción
extraña
extrañada.
Son las 22:04 en la calle
¿qué hora será en Beijing? ¿O en Sri Lanka?
Ya llevan hablando dos horas? ¿Y esta gente no cena?
Miles de trazos de tubo negro
y cable dibujan
[quiebran] el cielo estrellado.
Red inconexa de conversaciones desoídas
desde el letargo
del balcón de madera.
¿A dónde irán a parar todas esas palabras?
¿A dónde irán a parar todas esas lágrimas?




4. School Street

Viento del oeste
sacudiendo las torres de luz
en la distancia
frío tejado ondulado de lata
tarareando la música de las                                    
primeras gotas
de lluvia de un recuerdo de verano.

Papaya podrida en el jardín de Angello.

El río le pone un lazo a la ciudad
Y  tu pelo negro
negra
la noche
cubre
la calle
y la pone a dormir.



5. Ross Sreet


El filo de la tijera apura
la mirada afilada
mientras me susurra
historias que no escucho

mi abuelo era un cosaco
de Moldavia [o Rumania]
que tenía un pueblo bajo la                                                                       
hoja de su sable.

dice –entre tijeretazos—
que el edificio esta lleno de                                                                          
termitas.
Y que el Princess ha                                                      
concebido a más de un vecino                                                                        
del barrio.
En la oscuridad de las butacas
todavía
se puede oler la                                                                        
humedad de la vetusta madera
y el algodón de azúcar en la tela y el semen
todavía
Gabriela da otro                                                                                                              
tijeretazo y un rizo


cae.



6. Logan Road


Se viste
lentamente
las sábanas yacen deshechas
calientes
húmedas
las piernas se dejan acariciar
por el sol de las 7.27 a.m.

Se coge el vientre
mira por la ventana.
La calle yace desmenuzadita
entre zanjas y chalecos
de colores.

Los hombres perforan
la mañana y el sudor
cala el asfalto
de sus frentes

las manos hinchadas
se cogen el vientre

‘esta vez sí’

se dice
mientras mira por la ventana
de luz
de zanjas
de colores.




7. Park Road West


La encuentras
de espaldas a la tarde
su pelo negro dibuja el viento
su silueta recorta la calle.

Os saludáis
mirando el asfalto
os decís que hace demasiado calor                                                      
para ser primavera

Un coche verde té verde
se adelanta a tu pregunta
y de la oscuridad del interior
os mira el conductor

¿te he presentado a Michael?

Estrecha tu mano su mano
firme, áspera, recia
y te preguntas cómo debe ser tocar
la curva de su cadera
el pliegue de sus rodillas
los senos de su mañana
con las manos de otro hombre.




8. Merton Road

Columna de tiempo
que jorobea suave
Queenslanders de baranda y frangipani

Espina dorsal del otro lado
sur
que se levanta en jardín sin niños
tarde mojada
de sueño y sudor.

Los más viejos la recuerdan
tendida
en el suelo inmóvil
su blanco pelo agarrado al asfalto.

Vivía en la casa de lo alto.
En la más bonita. La que tiene el columpio colgado en el rododendro

Inmóvil.

La vieja yace a la espera de las sirenas
acurrucadita
acurrucadita en su cama
de sangre y cuesta.



9. Abingdon Road

Clases de piano y canto
a través de la ventana
que descubre secretos decapitados.
Jill intenta alcanzar el sol sostenido
en un pentagrama atrapado entre
el visillo y las nubes de febrero.
Hanna retuerce los pies como cuando
en el colegio le preguntaban la tabla del dos
tantra matemático en clave de fa.
Jess se estira y juega con los lazos
de su vestido negro en su espalda.
Su madre la contempla desde su
mórbida y hierática presencia
desparramada en el sofá de gamuza verde.
Cada semana a la misma hora
se suceden las visitas en la pequeña habitación
de música.
Cada semana, en hilera de deseos, sueños,
hexacordos y corcheas.




10. Heaslop Street

La noche
caída
sobre la parcela huérfana
sabe a veneno.
El socavón de
lodo y piedra
se abre desquijado
desvelando
las vidas que ya fueron
que no son.
Una silueta descolorida
acompasa la sordera
del espacio
y escupe en la zanja.
No sabe que de su saliva
y del oscuro detrito
nacerá un
cerezo.

tokyodream

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Postal 6: River Cam, Cambridge


Las mañanas más frías y desangeladas que recuerdo son las del YMCA del Parker's Piece, desayunando magdalenas duras y café frío a las 5.00 de la madrugada, casi a oscuras, para ir a remar en el Cam junto a siete compañeros del equipo de la Cambridge College of Arts and Technology. La embarcación de banco móvil era un outrigger de 17 metros, y la timonel una estudiante mínima de económicas. En secreto me confesó que le encantaba ser paseada por ocho tipos somnolientos a través de la bruma, el sudor y el olor a algo que parecía ser una refinería de caucho. Minuciosamente, colocábamos los remos en sus chumaceras colocadas fuera borda sobre portantes. Yo hacía de stroke o de séptimo remo. Pocas veces fui el Fuel Tank, Engine Room, Power House o el Meat Wagon. Estaba demasiado escuálido. En el silencio de la mañana, podías escuchar la tripulación del Caius, del Madeleine o del King´s college poner los pies en la pedalinas, ajustarse las cinchas, empuñar el remo y esperar el grito de su timonel. Una vez en el agua, el esfuerzo desacompasado de los ocho cuerpos se iba puliendo con la navaja helada de la mañana hasta sentir que los carros se deslizaban por las vías a una. A cada palada el outrigger parecía gruñir para luego silbar un sonido imperceptible. Entonces se producía la música. A remos callados, totalmente en silencio, nos deslizábamos a golpe de palada única como un diamante rajando un espejo. Y la mañana silbaba entre los sauces. En silencio de vidrio.
Fue en aquel tiempo, durante los días gélidos de invierno, cuando conocí a Lydie, la parisina. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Andaba como un gato y sus infinitos tirabuzones se enredaban entre sus erres mal pronunciadas.  En el descansillo mal iluminado del YMCA me pidió que fuera a su habitación y que la sodomizara (she loves her ass comentaba Matt). Yo le dije que no. Que no era mi tipo. Dos días más tarde me invitó a escaparme con ella a París y dejar que se nos corriera el semestre entre sábanas y papel de váter.
Nunca la volví a ver.
Esa noche, a solas, me declaré imbécil y juré jamás volver a pisar la ciudad del amor.

La Roca (pregrinatio Sancta Petra)


Pero en este país inquietante, tal como he aprendido hasta el momento, es más fácil desechar lo superfluo e intentar alcanzar lo infinito.  Te quemarás con seguridad, la carne se despegará de tus huesos, probablemente te torturarás de mil maneras horribles y primitivas, pero descubrirás el genio que siempre sospechaste que te poseía y del que nunca confesarás tu miedo.
                                                                                                             Patrick White, Voss.

¿Cuánta mierda tengo que limpiar antes de llegar al destino sagrado? ¿Cuál es la máxima exposición solar que puede aguantar el cráneo de una persona antes de encerrarse durante horas incontables en una jaula móvil junto a los animales salvajes de su misma condición? ¿Cuántas moscas debo comer por descuido antes de postrarme ante la belleza divina de la meta?  Y fundamentalmente, ¿sabré comportarme y estar a la altura de la circunstancia litúrgica cuando al fin, tras el arduo y extenuante recorrido, postre mi sudoroso y compungido cuerpo ante La Roca?
Después de casi tres años viviendo en el continente austral, poco importa que haya plantado cincuenta y ocho árboles nativos para frenar el avance de la lantana a las orillas del riachuelo Terrania; que haya tenido un hijo en el hospital más antiguo de la ciudad; que algunas de mis alumnas se hayan tatuado alguna de mis frases en la espalda. Eso es de importancia nimia y no interesa. Mi periplo por Australia es vacuo y sin sentido si, por el motivo que fuera, vuelvo a casa sin haberme sacado una foto con su corazón pétreo de fondo: Uluru, símbolo único, esencial y reconocible de tan extenso país. También carece de importancia el hecho de que el 90 por ciento de su población viva a más de 2000 kilómetros de éste.
A diferencia de los pioneros Burke, Wills o Leichhart, yo prefiero hacer mi peregrinación sagrada al extenso outback ligerito de equipaje. Eso sí, como todo mesías que atraviesa su desierto personal debo llevar a mi pueblo conmigo. Incluyendo niños llorones y suegros. La auto-caravana más grande del mercado se presenta como la mejor opción.
El segundo problema que se anuncia es el de la distancia. Se pueden atravesar dos mil doscientos cuatro punto cuatro kilómetros de absoluta nada desértica en auto-caravana. Lo más probable, sin embargo, es que lleguemos a nuestro destino con cinco querellas, una petición de divorcio y dos intentos de parricidio en dominó. Así que, como los malos estudiantes, mejor nos saltamos los capítulos más importantes del libro y nos plantamos en un plis plas de tres horitas (que pasan volando en Qantas) en Alice Springs. Ahora solo nos quedan quinientos veintitrés kilómetros para nuestro destino.
De buena mañana nos ponemos en ruta horizontal a través de un plano panorámico de dos colores (azul y rojo) con carretera como hilo conductor. Kilómetros y kilómetros de matorral. Un águila al margen de la carretera descuartiza el pellejo seco de una alimaña. A Lulu le están saliendo cuatro molares a la vez y Pep quiere escuchar por vigesimoséptima vez waltzing matilda en el iPod. 
Horas pasan.
Horas.
Pasan horas.
En la gran carretera australiana el tiempo se funde con el espacio y son uno. Es lo más cerca a lo que nuestra cultura motorizada y vertiginosa puede estar de la mágica concepción aborigen del tiempo de sueño, en donde paisaje, tiempo y canción se funden en uno. La diferencia reside en que la convergencia de tales elementos, en la concepción indígena, se forma en cada detalle mínimo del espacio, gradualmente, construyéndose, a ritmo de verso. En nuestro caso, la velocidad y el infinito del horizonte plano nos dan esa incorporeidad absoluta. Con olor a asfalto y a diesel.    
Los kilómetros pasan y los niños juegan en el asiento de atrás. Dicen que son cocodrilos.
Los signos de las pocas gasolineras que funcionan como postas en el camino, nos recuerdan que cada vez estamos más cerca del destino sagrado. La gasolina es más cara e infinidad de postalitas y posters de Uluru te asaltan de camino al servicio. Uluru con canguro, Uluru con puesta de sol, Uluru con tía buena encima de camión, Uluru de día, Uluru de noche (postal totalmente negra), Uluru al revés (down under), Uluru en cómic, Uluru, Uluru, Uluru. El nombre sagrado reverbera en la cabeza, Uluru, Uluru, hasta el punto que el subconsciente dispara fogonazos de inexistentes rocas corpulentas, como molinos convertidos en gigantes, en un paisaje yermo y plano. Juegos de una mente achatada por la distancia y la horizontalidad del camino.
Suena la canción de Bob Dylan I want you I want you I want you cuando esta vez, en verdad, una protuberancia rojísima rompe la nada. Mi suegra se pelea con la cámara que se le escapa aullando por entre las piernas. Di intenta capturar la primera imagen para la memoria de entre las lomas saltarinas. Yo la he perdido. ¿Pero dónde demonios está?  Los enanos ahora son águilas y trenes.
¡Allí! ¡Miradla! La roca entra a borbotones de color sangre por las ventanas de la auto-caravana.
Pero no será hasta el día siguiente que vayamos a postrarnos ante ella.
El día llega con lluvias y cielos tirabuzonados de nubarrón.
Los vecinos del cámping esputan maldiciones y malos presagios durante el desayuno. Pero si solo llueve cuatro días al año y encima nos toca a nosotros. Y ahora qué pasa con la foto. Y con el rojo national geographic. Pues yo me quedo en el cámping que por lo menos hay pista de tenis y tragaperras. Maldita roca del demonio. Maldita lluvia.
Nosotros sí que vamos, digo con el bacon calcinado en mis tenazas.
La aproximación por la carretera te descubre metro a metro al gigante durmiente que parece erguirse a medida que uno se aproxima. La lluvia cae por sus lomos y pozas suspendidas. El rojo ya no es rojo sino vino terroso con vetas de plata. De hecho toda la roca parece de plata y hierro oxidado. Un pequeño grupo de caravanas se agrupa en el párquing de Mala Puta. Más allá de este mirador, la gente no se aventura a mojarse. Yo siento un picor irremediable en los pies y el bajo vientre. Me tengo que poner las zapatillas y correr alrededor de la sagrada figura pétrea.
¿Es esta una extraña manifestación de su fuerza telúrica? ¿le entran a uno ganas de correr? ¿qué coño me pasa? ¿es quizás la insoportable vastedad del desierto lo que da alas a mis pies? ¿Qué dirán los espíritus ancestrales del gilipollas vestido en mallas que decide, bajo la lluvia, circunvalar este universo de roca prensada y canción? ¿es el mío un sacrilegio máximo y seré poseído por el mezquino espíritu del possum? ¿Alcanzará la maldición a mi familia convirtiéndolos a todos en spinifex?
Mis pies no pueden parar. Mis ojos no pueden separarse de la ondulante figura que escupe el canto de cascadas invisibles y de historias fantásticas que yo nunca podré ver como la batalla entre Kuniya, la pitón woma, y Liru, la serpiente venenosa.
Por el camino me encuentro tiradas dos pilas alcalinas oxidadas. Esa es la clave. Es una prueba de la Gran Sierpe. El encuentro con la intromisión moderna. Sabré responder como el manual de los jóvenes castores exige. A la naturaleza lo que es de la naturaleza. A la basura lo que es de la basura. Recojo las pilas oxidadas para arrojarlas a un cubo y los espíritus me lo agradecerán. Ahora sí puedo pasar.
Sigo la travesía vadeando cotos vedados al turista. Puntos sagrados y secretos en los que la entrada está vetada. También está prohibida la apropiación del lugar mediante la fotografía. Yo paso de puntillas, de lejos, en silencio. No hay nadie conmigo. Sin embargo percibo una extraña presencia palpitante. Serán las pilas oxidadas que hacen cortocircuito con la energía telúrica. No sé qué es pero después de unos kilómetros en absoluta soledad y bajo la lluvia, la roca se empieza a hacer móvil, a presentárse de miles de formas móviles. Va cogiendo formas humanas y animales. La vulva gigante del lagarto Kandju me amenaza. Miembros rocosos de hombres serpiente se anuncian entre hilillos de agua de argento. El paisaje se ha antropoformizado. Los dedos estriados de Lungkata, el lagarto de lengua azul me quieren agarrar. La piedra está viva. La Roca me habla. No sé qué me dice pero me habla. Oigo el sibilino y constante silbido de la serpiente. Corre. Escucha. Corre.
Estas visiones me perseguirán durante todo el viaje.
Llego a circunvalar el mazacote sagrado y me encuentro, empapado y extenuado, con la auto-caravana que me espera de brazos abiertos y toallas extendidas. Tiro las pilas maléficas. Intrusas del siglo alcalino.
Ducha caliente, sopa caliente y a reponer energías. Es sólo una roca. Una roca grande, me digo. Solo es una roca.
La lluvia cesa y el sol anuncia otro espectacular ocaso. Poco a poco, los cámpings se vacían y los párquings-mirador se llenan para el espectáculo inminente. La Roca vuelve a ser benevolente y regala, desde la fotogénica distancia, otra espectacular fotografía. Todos posan delante de ella. Se postran. Descorchan vino blanco Oyster Bay. Se retratan con Uluru a la espalda y con peluche en brazos. Todo vuelve a la sólida seguridad de la postal.
Foto foto foto foto foto foto y, por si acaso, otra foto. Ésta sí que es Uluru.
Nuestra auto-caravana pone rumbo a Kata-Tjuta y deja un fabuloso enjambre de admiradores y aduladores new-age. En la distancia pareciese que ellos también forman parte de las ondulaciones y estrías de la gran Roca.
Atravesamos un gran plano oscuro y repostamos en una somnolienta gasolinera. Unos aborígenes sorben sin ganas ni interés unas gaseosas de naranja mientras miran a Karl Stefanovic en el Channel 9.  Qué historias salen en la tele. Detrás del contador un poster gigante de Uluru y puesta de sol eléctrica nos acompaña a la salida.
Niños, dejad de pelear y subid a la auto-caravana.  Digo.
Papá, no peleamos. Yo soy un lagarto y Lulu un tractor. Me ha robado tres huevos y ahora me lo voy a comer.
 Los desafíos del desierto ya no suponen para el turista lo que suponían para los primeros exploradores y colonos que se adentraron en este desierto. Los desafíos del desierto ni siquiera suponen hoy para el indígena lo que suponían hace cien años. Hoy, los turistas, tenemos desafíos altamente más complicados. Retratarnos bajo un paisaje idílico que esté a la altura de una portada Lonely Planet. Decir yo he estado allí sin que la voz delate un atisbo de emoción. Mirar cara a cara al objectivo de la cámara y esperar que la puesta de sol sea, por lo menos, tan electricpink como la del póster. Formar parte de esa tan selecta y gran familia anónima de visitantes espirituales que peregrinean al corazón pétreo en busca de ilumunación de algun tipo. Y recoger los bártulos hacia otra dirección después del retrato.
Mierda. Coño. Me acabo de dar cuenta de que no me he hecho ninguna foto con Uluru. ¿y ahora cómo testifico que he estado aquí? No pasa nada. Es solo una roca. Compraré una postal. Solo es una roca.
                                                   O no.