El verbo de Waldberta

 
Nosotros, que estamos todavía vivos, somos irreales ante los ojos de los muertos. Sólo ocasionalmente, bajo cierta luz y condición atmosférica, aparecemos en su campo de visión” Austerlitz (W. G. Sebald).

Desde la torre de Villa Waldberta, residencia de artistas, preparo las líneas de mi personaje. La pieza teatral se llama Das Blick der Brandner Kasper ins Paradies y mi papel es el de la Muerte (der Boandlkramer). Es difícil acertar en la traducción exacta de algunas palabras y más si éstas están en bávaro. En la obra, la Muerte convence a Brandner Kasper, a través de la palabra, para que éste eche un vistazo al Paraíso. Y que se quede por voluntad propia. Con-vencido. Vencido con la palabra.
La muerte es la única narrativa de nuestra vida que no escribiremos. Otros, si cabe, lo harán por nosotros. Debemos cuidar a los escribientes que nos sucedan. Y ellos deben cuidar la palabra justa, porque de ella nacerá la narrativa que nos dé forma.
Esta tarde he decidido ir en bicicleta a lo largo de la orilla del lago Starnberg. Desaconsejaban viajar a Múnich. A pesar del cielo encapotado, los más jovenes se lanzaban al espejo de plomo que se rompía en mil ondas y mil gritos. Los más mayores hablaban. Musitaban entre sí, como si intentaran sonsacarse algún detalle que se les hubiera pasado por alto y que el otro conociera. A la altura del club náutico de Starnberg el cielo ha desatado mil balas de agua y me he refugiado, junto a una mujer cansada, su acompañante en silla de ruedas, y una paseante coreana, bajo el tejado de una pérgola junto a la orilla.
Exactamente un verano, diecisiete años atrás, me sentaba bajo el mismo tejado de hierro forjado, en la misma pérgola, junto a la misma orilla. Esa vez estábamos solos. Beate Biene era una jovencísima estudiante de español de Feldafing pero hablábamos en alemán. Nos gustábamos. Lo justo. La tarde venía cargada de nubes y de deseo. Después de un paseo banal y de conversación breve miramos juntos hacia los Alpes y dijo “me gustaría besarte”. Yo, enredado en mi anhelo y mis (verbos) modales le pregunté “debo besarte?” (soll ich?) cuando querría haber usado el verbo “permitir” (dürfen). Pensó que yo era imbécil y me besó. Para que callara y dejara de decir estupideces. La palabra justa es imprescindible. Y cuando ésta no se encuentra sólo queda la acción. A menudo imperfecta.
Hoy la pérgola me parecía un fantasma. Una jaula de alambre, abierta de par en par, abandonada por los pájaros del ansia que un día la habitaron.
Hace exactamente veintinueve horas Alí David Sonboly, de dieciocho años, asesinaba en el Olympia Einkaufszentrum de Múnich a nueve personas. Mientras el joven descargaba su pistola Glock de nueve milímetros a bocajarro sobre sus víctimas, a escasas calles, yo descargaba cuidadosamente las líneas de mi parlamento sobre el meister Erick: “Mira Kasper, mira el paraíso y díme que es mejor que lo que dejaste allí abajo”.

Al acabar el ensayo, inmóviles por una ciudad paralizada, bajo la lluvia, sin S-Bahns ni U-Bahns que te devolvieran a casa, solo las preguntas, como espectros, habitaban las calles y los charcos. ¿Cuál será la historia que quedará de ese joven después de su final? Dicen que se le oyó decir “soy alemán. Nací aquí”. El periódico lo nombraba, breves momentos después de conocerse la tragedia, como “joven germano-iraní”. Cuando no cuidas a los escribientes te joden hasta el origen.
¿Fue ese quizás el problema del joven desequilibrado? ¿No le dejaron, quizás, escribir con sus propias palabras la narrativa deseada? ¿Cuáles fueron las palabras, al inicio, cuando en el inicio solo hay verbo, que movieron al asesino al horror? Las palabras que lo de-formaron debieron ser escogidas para causar daño y generar dolor. El asesino no encontró, desde el dolor, palabras que le re-generaran. Usó balas.
Sebald dice que Austerlitz habla de incontables y finas marcas de dolor que trazan el espacio a través de la historia. Yo las puedo trazar de una sola mirada. Desde mi torre de Villa Waldberta. A través del espacio y a través del tiempo. Desde la torre puedo establecer un trazo de dolor que llega, unas calles más abajo, a la villa conocida como Villino. Allí veranearon, del 1919 al 1923, Klaus y Golo Mann junto a su padre, el escritor más famoso en lengua alemana del siglo veinte. Los jóvenes tenían trece y diez años y debían disfrutar de sus paseos en barca y sus saltos al lago desde el pantalán de tablas como los chavales de hoy lo disfrutan. Era, definitivamente, un lugar feliz.
En 1933 el gobierno alemán compró la villa, además de Villa Waldberta, y la convirtió en la Nationalsozialistische Deutsche Oberschule Starnberger See, una fábrica ideológica para formar a la élite nacionalsocialista en la primavera del sueño ario. Los jóvenes oficiales ocuparon progresivamente las villas de Feldafing. Jóvenes como Goebbels y Göring, ingenieros sociales del nuevo imperio, impartían clases y bebían Riessling junto al lago, soñando castillos de huesos bañados en diente de oro. Berlín se presentaba como una nueva Atenas donde el lenguaje se articulaba, desde las escuelas del Reich, para dar sentido al caos. Proponer un orden desde la palabra. La palabra celebrada como la primera luz del día, poniendo fin a las legiones de la oscuridad ¿Pero a quién pertenece la palabra?
Golo, el niño que solía esconderse entre los setos de la villa, cayó prisionero del ejercito alemán en el frente de Francia pero logró escapar, a través de Espana, a Estados Unidos donde trabajó para servivio secreto. Klaus, su hermano, participó en la liberación de Italia y entró en Alemania en 1945. Fue de los primeros testigos, como editor del Star and Stripes, en poner palabras a la devastación que encontró en su ciudad de origen. ¿Se puede encontrar la palabra justa para dar sentido a la aniquilación? Klaus se sintió condenado a vivir incapaz de encontrar una palabra repadora. Se quitó la vida. En Klaus Mann reverberán los ecos de la pregunta de Anaximandro: ¿Hubiera sido mejor si no hubieramos sido?
Georg Nieder, vecino de Feldafing, educado en el Reichsschule der NSDAP, y muerto a los veintinueve años a manos de las tropas aliadas, comparte hoy la fecha de defunción y el camposanto de su pueblo natal con Abrams Schoß, en cuya tumba se puede leer Hier ruhen unzählige Opfer Jüdischen Glaubens. Sie wurden in den Jahren 1933-1945 durch Nazischergen ermordet, (aquí yacen incontables víctimas de la fe judía. Fueron asesinados entre 1933-1945 por matones nazis).

Abrams Schoß murió en el KZ de Dachau pero Simon Schochet lo sobrevivó. El 29 de abril de 1945 la 20ª División Blindada junto a la 45ª División de Infantería del VII ejército americano liberó el campo de concentración. Decenas de reclusos polacos, búlgaros, hungaros y rumanos se conviertieron en DP (personas desplazadas) y fueron trasladados a refugios. Villa Waldberta era uno de ellos. Simon Schochet, polaco desplazado a Feldafing, dió clase de hebreo (עִבְרִית) a los desplazados para que no se olvidaran de la palabra. Escribía en un papel de traza el alfabeto hebreo que luego colgaba con clavillos en una habitación de la villa para que los desplazados sin hogar, sin patria y sin familia pudieran re-construir de nuevo el mundo. Desde el dolor, desde la re-escritura, desde la palabra exacta, sanadora. El lenguaje es la casa del ser (des Haus des Seins) diría Heidegger, ideólogo adoptado por el nazismo.

Agniezska, el nombre que se me antoja para la nina polaca de la foto 60209 del archivo del U.S. Holocaust Memorial Museum, aprendió a leer en las paredes de Villa Waldberta, donde posa alegremente junto a la balaustrada de piedra que da al lago Starnberg. En la foto, Agniezska sostiene unas flores en la mano derecha y parece abrazarse a sí misma. La mirada de Agniezska arde de vida. Aga, como la nombrarán cariñosamente más adelante, sobrevivió al extermino escondida por una familia polaca. En la villa se reencontrará de nuevo con sus padres. Cuatro años después del silencio. De repente volvió a tener padres y palabras e historia. Y flores y juegos.
Se podría afirmar que la única forma de supervivencia es cuidar el verbo, la palabra exacta. Sin embargo, y tal como han demostrado los postmodernos, ésta ya no existe. Y si existiera ya no nos pertenece. Debemos trabajarla entre todos. Día a día. Limarla, discutirla, negociarla y compartirla. Lo que sí se me antoja, emperó, imprescindible, inamovible, indiscutible, es la mirada de Aga. Desde la mirada del niño todo se puede re-nombrar. Todo puede re-nacer. Desde el ardor, del anhelo, del ansia de vivir.
En mi torre de Villa Waldberta, desde donde el meister Erick me cuenta de los numerosos espíritus que pueblan la casa y a los que yo todavía no he visto, observo el mismo lago y los mismos arboles que vieron Klaus y Golo y Goebbels y Göring y Georg y Abrams y Simon y Aga. Sus fantasmas, o cuando menos, sus trazos de dolor, habitan los pasillos de la villa y los pasajes del pueblo. También la huella de sus flores, de sus alfabetos, de sus juegos de niños. Los periódicos afirman que con casi toda certeza la matanza de Olympia ha sido un acto de locura, de depresión aguda. Sus compañeros de clase confiesan a la prensa que no hablaba con nadie y que evitaba mirar a la gente. La palabra lo había abandonado. La mirada también. Quizás necesitó a alguien como Simon, testigo del exterminio, que del caos, de la oscuridad, como obrero del lenguaje, sobrepuso letra con letra para construir puentes y jardines, pero también empalizadas y contrafuertes. Simon Schochet, desde la torre de su juventud, comentaba: “Veo a todos mis conocidos como si pudiera llevar sus rostros y sus historias conmigo. También considero igual de importantes el refugio para desplazados, las barracas, las villas, los bosques y el lago. El lago volverá a ser un lugar feliz de nuevo, lleno de gente alegre, que vendrá a pasar sus vacaciones, a jugar, a banarse, a relajarse, a jugar al golf. Los habitantes de hoy se olvidarán y se dispersarán por todo el mundo. ¿Que si volverá a habitar aquí la alegría y se cerrará la huella que ha dejado el dolor? Probablemente sí.”
En la obra Brandner Kaspar, la Muerte muestra el paraíso al protagonista y éste no quiere volver al mundo que ya no le aporta ninguna sorpresa ni ninguna historia. Yo no creo en el cielo barroco de Brandner donde, entre cerveza y Weißwurstl, le esperan ansiosos sus amigos cazadores, su nieta y su mujer Traudl. Y me pregunto, entre fantasmas, desde la torre de Villa Waldberta, si no será mejor empezar a escribir el paraíso desde aquí abajo. Ahora.