La canción



Stéphano a Calibán: A petición tuya, monstruo, haremos justicia. Sea cual sea. Vamos Trínculo. Cantemos

Postal 2: Sidney


El sol afila la mañana en el muelle 2/3 en Dawes Point. Un doctor palestino le confiesa a un periodista israelí que la única solución es la resistencia pacífica. Éste último llama a la insubordinación virtual. Las palabras brotan de los altavoces y quedan colgadas de mástiles, aprisionadas entre las tablas del paseo marítimo, depositadas en las somnolientas olas que las perfuman de aceite diesel. Otras palabras, azuzadas por la brisa se deslizan rebeldes por la calle Kent y caen sin quererlo en un café a medio beber. Quiero pasar la noche en la torre norte del observatorio. Buscar un posible atajo entre Cástor y Pólux,  perdiéndome entre las curvas de Hidra.  Reclinarme bajo las escaleras, bajo el sol de la mañana del muelle 2/3 recogiendo palabras que aún no estén manchadas de sangre. Y frotarlas contra la hierba, envolverlas en papel de chupa-chups y regalárselas a los extraños.  

Un Barça-Madrid cualquiera (por Luís Moyà)

Hace unas semanas mis hermanos Luís y Jaito cruzaban en todoterreno de Dakar a Bissau en un viaje que a mi me hubiera gustado hacer. El poder sugestivo de la palabra y la imagen hacen que, de algún modo, sí pueda vivirlo, aunque sea desde la lectura y la imaginación. Este es el relato de una de las múltiples anécdotas que conlleva el atravesar la colorida costa que fue parte del imperio Gabu, parte del reino Malí y antigua colonia portuguesa.  Hoy, en este récit de voyage, capital periférica del planeta Fútbol.  

Después de once horas de transitar por las largas y sofocantes carreteras y pistas arenosas del Senegal y parte de Guinea-Bissau, decidimos no forzar más el coche y nuestra suerte para intentar llegar a Bissau, con el objetivo de tener la certeza y la tranquilidad de poder ver el partido que esa noche se celebraba en Valencia y que enfrentaba a los dos eternos rivales por definición, el Barça y el Madrid, en la final de la Copa del Rey.

Así que paramos en Bafatá, segunda población supuestamente más importante del país; en realidad un pueblo. Después de tanto trayecto seguido en coche, con la comodidad del aire acondicionado a toda potencia, sin parar más que para orinar y soportando en los últimos cien kilómetros los violentos bandazos que el conductor le daba al coche para evitar (con escaso éxito) los enormes baches de las pistas de roja tierra arenosa, ya en nuestra primera parada pasada la frontera, en Gabú, sentí un mareo y malestar generalizado que achaqué al largo viaje y nula alimentación. El paso de la llamada frontera consistió en la apertura por parte de un chaval de una fina cadena que cerraba la pista después de que tres funcionarios embutidos en sudorosas camisetas imperio revisaran mi pasaporte durante unos eternos quince minutos.

Llegados a Bafatá, el conductor, Joao, fue preguntando insistentemente por algún lugar dónde poder ver el partido en aquella población. No parecía labor sencilla. Paraba bruscamente el vehículo, bajaba la ventana y gritaba a través de ella: “Trito, trito”. Yo pensaba que aquella palabra debía significar “televisión” en criollo, fula, mandinga o lo que fuera que hablara el tipo. Al llegar al lugar que los últimos en ser interrogados le señalaron, resultó ser un pequeño apartahotel llamado “Tritón”. En la entrada al recinto vimos apelotonados algunos jovenzuelos mirando curiosamente hacia dentro, ya que no podían pasar, hacia una piscina de agua tan turbia como la del puerto de Bissau. También había un todoterreno aparcado en la entrada con el símbolo “UN” en ambas puertas, lo que pensamos era una buena señal.

Bajar del coche después de tantas horas de aire acondicionado supuso, literalmente, un golpe de sofoco. Eran las seis y media de la tarde y debía hacer cuarenta grados. En pocos minutos empecé a encontrarme fatal. La cabeza me iba a estallar; sentía gran presión en los laterales del cráneo y andaba y hablaba como un demandante de metadona.

El recinto de la piscina era de lo más pintoresco: en las mesas y sillas de plástico rojo con la publicidad de Coca-cola se sentaban varios grupitos de jóvenes con aspecto de tíos duros, luciendo amplias gafas de sol, camisetas apretadas y en compañía de alguna que otra quinceañera. Los que debían ser los tres blancos ocupantes del vehículo de las Naciones Unidas no eran menos llamativos, puesto que tenían su mesa llena de botellines vacíos de cervezas y estaban agasajando cariñosa y pegajosamente a dos negritas que se dejaban querer y toquetear la espalda junto a ellos. En el ambiente, música hip-hop, disco y pop que se escuchaba en Europa hacer un par de años, pero que le daban al lugar un ambiente de lo más cool, sin duda un referente del pueblo. Alegrando la vista, una a una, respetando sus turnos, jóvenes gacelas de trece o catorce años con cuerpos de veinte, desfilaban atrevida y poderosamente por el borde de la piscina con un estilazo de modelos profesionales que me impresionó. Caminaban con decisión, con la mirada fija en el infinito, y sacudían sus caderas al ritmo de la música ambiente, que tronaba aún estando al aire libre; al llegar a cada esquina de la piscina, se detenían, miraban a ambos lados, sonreían, y giraban graciosamente sus cuerpos para seguir desfilando por aquella imaginaria pasarela. Un tipo nos dijo que, efectivamente, estaban ensayando para un futuro desfile, lo que me dejó algo desconcertado, teniendo en cuenta donde nos encontrábamos.

No pudimos aclarar si allí podríamos o no ver el partido, pues el personal del establecimiento no tenía ni idea de si por algún canal de los que disponía la televisión lo retransmitirían. Así que, mientras Jaito mandaba a Joao a buscar algún lugar donde nos garantizasen poder verlo (cosa harto difícil esto de garantizar algo en África), nos pedimos unas cervezas Gazelle frías y algo de comer, aunque yo no tenía absolutamente nada de hambre. Sin embargo, como la cerveza estaba haciendo que me sintiera mejor, pensé que en parte mi estado se debía a la debilidad producida por no haber ingerido nada en todo el día y que algo sólido en el cuerpo me espabilaría (fue lo peor que podía haber hecho, como luego descubrí). La temperatura del comedor del apartahotel era aún más cálida que la del exterior. No funcionaba el aire acondicionado y las ventanas no se abrían. Salí del lugar mientras preparaban la comida, pues prefería seguir disfrutando del ambiente festivo de la piscina antes que desvanecerme en aquel comedor lleno de moscas. Además, había vuelto Joao y discutía acaloradamente con Jaito sobre detalles varios del viaje, sus dietas, la ruta seguida y otros pormenores, lo que no hizo más que aplastarme del todo el cráneo.

Llegó la cena, y debo reconocer que tenía mejor aspecto del que esperaba. Elegimos un estofado de ternera con salsa de nata con champiñones, cebolla y curry. No sabía mal, pero la carne estaba durísima. No quisimos arriesgarnos a pedir pescado en aquel pueblo del interior. Jaito lo engulló todo en un santiamén, mientras que a mí que costaba tragarlo; pero me lo acabé todo también. Tuve que salir enseguida de nuevo del comedor para que me diera el aire del exterior, que apenas era unos grados menos sofocante. Desde el primer momento supe, sentí, que no había hecho bien en comer aquella carne. Me presionaba como una bola atascada en la boca del estómago, y empecé a tener sudores fríos que intenté rebajar mojándome la cara y el cogote con el agua de un grifo en el jardín mientras dos cabras me observaban paralizadas. Joao volvió a irse a buscar un lugar con televisión, Jaito llamaba por el móvil a sus contactos para preparar al día siguiente una posible visita a las islas Bijagós, y yo me estiré en un sofá que vi en la recepción del hotelucho. No sirvió de mucho, no mejoré.

Al cabo de un rato, que se me hizo eterno, Jaito me llamó: “vamos, que Joao ha encontrado un sitio”. Se había hecho de noche, y el pueblo carecía de cualquier tipo de alumbrado. En el breve trayecto en coche sacaba la cabeza por la ventana para que me diera el aire, pero era como un secador de pelo pegándome directo a la cara. Nos adentramos por callejones polvorientos y oscuros, hasta que Joao paró el coche y dijo: “es aquí”. Yo no vi nada en la oscuridad, más que una cola de negritos adentrándose en una estancia que parecía la boca del infierno. “¿Cómo aquí?”, dije yo. “Este es el único sitio donde lo podemos ver. Esto es África”, me contestó Joao. Bajamos del coche y nos encontramos en medio de un revuelo de jóvenes y chiquilluelos alborotados a las puertas del local. En su fachada, un folio anunciaba los acontecimientos del interior: “Barcelona-Real Madrid” y, una línea más abajo “Benfica-Oporto”. Sin que yo me diera cuenta, Joao le pedía dinero a Jaito para comprar las entradas. Luego supimos que era el cine del pueblo y se requerían entradas, que consistían en un minúsculo trozo de papel cortado a mano con un círculo pintado con bolígrafo y una raya que lo atravesaba. Mientras Joao las compraba, yo no me lo podía creer, y no me imaginaba cómo debía ser por dentro. Los rugidos tronadores que salían del interior, la masa animando embravecida a sus equipos y exaltándose con las jugadas, la gente apiñándose en la puerta para entrar y los niños sin entrada encaramados a las diminutas ventanas del local me provocaron un pánico atroz a entrar. Me imaginé que dentro estarían enlatadas decenas de personas frente a una televisión. Me equivoqué: no eran decenas de personas, eran cientos; y había una televisión para ver el Benfica-Oporto y, a su lado, una pantalla sobre la que un proyector cutre plasmaba una imagen del Barça-Madrid bastante defectuosa. Antes de entrar, y sin saber lo que me esperaba dentro, le dije a Jaito: “yo no puedo entrar ahí, tío: estoy fatal, me va a dar algo, me desmayaré, no puedo”. Sin darme cuenta, ya tenía la entrada en la mano y me dirigía a la entrada abatido y resignado, sin oposición, como cordero al matadero, intentando respirar profundo y relajarme, disfrutar del acontecimiento deportivo y de la auténtica y única experiencia que me disponía a vivir.

Al cruzar el umbral de la puerta, un tipo nos interrogó: “¿Barcelona-Real o Benfica-Oporto?”; “Barcelona”, respondimos al unísono Jaito y yo. Nos indicó que pasáramos hacia el pasillo de la derecha. Aquella sala era mucho más grande de lo que parecía en el exterior, de forma cuadrada, de unos cuarenta metros de ancho y largo. Vimos las dos pantallas, la de la televisión, con imagen más pequeña pero mucho más clara; y la del proyector, más grande pero con imagen poco nítida. Los partidos ya habían empezado. El recinto estaba en total oscuridad, salvo por la leve luz que emanaba de las pantallas y alumbraba ligeramente las primeras filas. Desde la entrada podíamos distinguir el contorno de cientos de cabecitas y brazos en el aire. Aquello tronaba por momentos. En el interior, apenas nos adentramos unos metros, fuimos sacudidos violentamente por un muro de calor extenuante y de hedor a humanidad sudorosa. Yo no me lo podía creer, estaba como en una pesadilla. Otro tipo nos llevó por ese pasillo de la derecha hacia delante, hasta detenerse en la zona intermedia, donde hizo que unos jóvenes se juntaran más aún para que nosotros nos pudiéramos sentar en aquellos banquitos finos y endebles de madera donde nos apretujamos. Cuando la luz de la pantalla me lo permitió, pude distinguir como tenía a mi izquierda unos tranquilos adolescentes y a mi derecha a una joven madre abanicando sin cesar a su hijo de un año en sus brazos; a los cinco minutos se levantó y se fue asfixiada.

Pasó bastante tiempo hasta que reaccioné y me centré en el partido. Evaluaba mi estado de salud y estudiaba el lugar continuamente, intentando descubrir las posibles salidas en caso de emergencia. Jaito puso en su boca lo que yo estaba pensando: “Como haya un incendio aquí no salimos vivos”. Era lo que me faltaba oír. Aquel lugar, efectivamente, era una ratonera sin salida. En mi catatónico estado, cercano a la lipotimia, empecé a pensar en situaciones de catástrofe: “Aquí hay una estampida por cualquier motivo y morimos aplastados”. Tenía miedo a que se marcara un gol porque desconocía la reacción de aquellos quinientos exaltados negros que nos rodeaban. “Morimos aquí y no se entera ni Dios”, seguí rumiando. Me imaginaba a mi madre y Marianna diciéndome: “¿Pero tu estás chalado? ¿Cómo se os ocurre meteros allí?”. Como estábamos en un lateral, planifiqué una violenta huída a lo bestia por el pasillo en caso de emergencia: intentaría llegar a la puerta a base de codazos, aunque en mi patético estado era más probable que aquellos forzudos de piel ébano oleoso me aplastaran sin miramientos.

A base de darme cuenta de que, al menos, no perdía el conocimiento ni tenía síntomas inminentes de lipotimia ni vómitos, intenté concentrarme en el duelo futbolístico. A pesar de que en toda África abundan las camisetas del Barça por encima de la de cualquier otro equipo del mundo, no acabé de aclarar a quién apoyaban mayoritariamente los asistentes, pues los gritos a favor de uno y otro eran, bajo mi punto de vista, similares. Minutos antes de que finalizara la primera parte, me tuve que salir. Chorreaba sudor, aún con la camisa abierta de par en par y abanicándome con ella. Al salir, además de aliviarme enormemente al respirar aire puro, aunque cálido, me percaté mejor de dónde estábamos. Las calles estaban ahora desiertas. Ni una luz, sólo una débil bombilla sobre la puerta de entrada al cine. Algunas mujeres mayores aliviaban el calor tomaban el escaso fresco en el pórtico de sus casas, en la penumbra. Quise adentrarme en algún callejón para orinar, pero no se veía nada. No había asfalto, sólo tierra y polvo, socavones, charcos; si venía alguien caminando de frente no lo veías hasta tenerlo a medio metro de ti. Anduve un rato, arriba y abajo por la calle del cine, hasta que acabó la primera mitad. No sabía si la gente se quedaría dentro para no perder su sitio o saldrían en tromba muertos de calor. Fue de esta segunda manera. “No son obsesiones de un ‘branco pelele’ (como aquí llaman a los muy blancos de piel)”, pensé; “hace un calor de muerte hasta para esta gente”. Pude ver como Jaito salía apresuradamente, abriéndose paso con ayuda de su poderoso físico, como si le faltara el aire. Comentamos las jugadas, el ambiente, mi estado de salud; llamó a Joao para que acercara el coche, donde teníamos el agua. El tío había desaparecido. No entró en el cine; simplemente se esfumó sin decir nada. Seguimos esperando el coche, que no llegó. A las puertas del cine se formaron corrillos de jóvenes discutiendo acaloradamente, algunos con gestos bien violentos, los lances de la primera parte.

Llegó el momento de la segunda mitad. Había que entrar. De nuevo hubo que penetrar el muro de sofoco y aroma a cebolla mustia. Esta vez decidí no sentarme en un banquito por ahí en medio, pues no confiaba mucho en mi estado. En lugar de eso, me quedé en la última fila, de pie, al fondo, desde casi donde no se apreciaban las imágenes. Me daba completamente igual el partido. Sólo me importaba tener a mano una de las escasas cuatro ventanitas de que disponía el local, y a la cual me asomaba cada tres minutos para  intentar no desvanecerme. La segunda parte fue más movida. El Barça se sacudió el dominio blanco de la primera parte y gozaba de numerosas ocasiones. La gente gritaba, alzaba los brazos y, con las jugadas más emocionantes, una espesa polvareda se elevaba del suelo para atravesar el foco de luz del proyector en su camino hacia la pantalla. De repente, mientras estaba respirando por la ventana… gooooooool del Barça!!! Gritos, jolgorio, polvo, abrazos, más sofoco… y yo, paralizado junto a la ventana, lancé un lastimoso quejido al cielo con los brazos en alto que pretendía ser un grito de alegría. Estaba claro ahora: la gran mayoría de los espectadores eran culés, y la celebración fue tan civilizada o más de lo que podría haber sido en cualquier bar de Europa, así que no había que temer por nuestra integridad física por una eventual estampida de celebración.

El tema se enderezaba. La cabeza, sin embargo, estaba al borde del estallido; sudaba a mares, por cada poro de mi cuerpo; apenas me tenía en pie, pero veía que podía aguantar hasta el final y, encima, mi equipo ganaba. Más gritos de alegría, esta vez más lejanos, del otro lado de la sala. Eran los espectadores que, sin ninguna separación física, contemplaban el otro partido. El Oporto había marcado gol, al que le siguieron en poco tiempo dos más. En nuestro partido, las ocasiones se alternaban. Era un partido vibrante, o al menos lo parecía por cómo lo disfrutaban los presentes, porque yo apenas veía nada. No hacía más que mirar el reloj, contando los minutos para que aquella agonía finalizara.

 Y, por fin, el árbitro pitó. No me lo creía, había aguantado estoicamente, y el Barça campeón, y yo vivo, sin desmayarme; “pero, un momento, ¿por qué la gente no festeja? ¿por qué los jugadores del Barça se van con la cabeza baja hacia el banquillo? ¿qué pasa?”, pensé. Mientras miraba con extrañeza la pantalla y a mi alrededor, Jaito pasó a mi lado: “prórroga”, me explicó. “¿Prórroga? ¿cómo que prórroga?” dije yo. “Aquesta si que m’és bona”, diría mi abuela. Resulta que habían anulado el gol del Barça y yo, en mi estado cuasi vegetativo, no me había enterado. A mi enorme decepción en términos deportivos, había que añadir el hastío y máxima preocupación por mi estado, hasta el punto de comentarle a mi hermano que no aguantaría allí dentro media hora más. Como él quería quedarse, me planteé meterme en el coche (puesto que Joao había aparecido dispuesto a seguir el trayecto a Bissau) y enchufar el aire acondicionado a toda ostia. Cuando ya estaba decidido a hacerlo, alguien desde dentro del cine abrió una puerta metálica de doble hoja que estaba pegada a la pantalla, lo que permitía ver el partido más fresco; así que enseguida me encaramé a esa puerta, sin penetrar del todo en el local. Ahora sí tenía una posición privilegiada. “A buenas horas”, me quejé. Tenía la pantalla cerca, sin apretones, con una visión clara y directa de todo el público, pudiendo distinguir sus rostros de felicidad y nervios iluminados por la gran pantalla, y con la ligera brisa que se estaba levantando refrescándome la espalda.

A pesar de ello, mi estado no mejoró. Ya no sentía tanto calor, pero las sienes me iban a explotar; estaba muy débil, aletargado, somnoliento, con reflejos lentos. Un alocado cuya nacionalidad no pude distinguir, aunque parecía un mulato medio francés, se situó a mi lado y empezó a taladrarme a preguntas en criollo primero y, cuando yo contesté, en un pobre castellano. Se movía nerviosamente, se agitaba, gritaba…; pensé que era el fin, que me había tocado el loco del pueblo y, como se pusiera violento, poca defensa podía plantearle. Afortunadamente, me dejó en paz.

Y llegó la desgracia: estratosférico pase desde la banda de Di Maria, al centro del área, alejado de la portería, al que no parecía llegar nadie, pero que fue cabeceado con una potencia y precisión de otro mundo por Cristiano Ronaldo. La pelota entró imparable por la escuadra de la portería blaugrana. No me lo podía creer. El público de la sala enloqueció. Los aullidos, gritos, palmas, saltos, abrazos y el polvo en suspensión provocado por aquella algarabía eran infinitamente mayores que los que se produjeron cuando metió gol el Barça. Estaba claro que aquellos cabritos eran del Madrid. O simplemente apoyaban al equipo ganador, pues yo no distinguía a unos seguidores de otros. La fiesta no paró ya. Se montaron corrillos donde se bailaba y cantaba a cuarenta y cindo grados de temperatura; alguien lanzaba un grito de guerra que era correspondido con ininteligibles cantos rítmicos de alegría. La gente enloquecía cuando enfocaban a Mourinho o Cristiano Ronaldo. A éste, un joven que tenía delante le gritaba: “Vocé e una maquina da guerra, una maquina da guerra”. Entendí que el pasado colonial de este país les acercaba emocionalmente más al Madrid por los cuatro portugueses que militan en sus filas, siendo uno de ellos un fenómeno mediático. Aquello pintaba mal. Mi Barça, el mejor equipo del mundo, el imbatible equipo de Guardiola, pasto del Madrid más abominable, el de Mourinho.

Aquella infernal experiencia no podía tener un final más apropiado. El partido ya no cambió, y acabó con la victoria merengue. Antes de que saliera la marabunta, nos apresuramos en subir al coche y salir de aquel lugar lo más rápido posible, pues todavía nos quedaban dos horas para llegar a Bissau, a donde llegaríamos a medianoche. Me tumbé detrás y dormité el resto del trayecto. Al llegar a casa de Jaito, eché todo lo que llevaba dentro, hasta el alma. Mi cuerpo había aguantado demasiado calvario. Es de suponer que tuve un corte de digestión provocado por el calor, y algo más…