sueño de una noche de invierno (pesadilla rural en cinco breves actos)


Las cosas no son lo que parecen y la soledad es amiga del artificio.
Y de la magia.
Esta es la verdadera historia de Jay (que bien podría llamarse Lisandro) y Natalie (o Hermia si se quisiera). Sucedió exactamente hace dos años, la víspera del solsticio de invierno, el día en que D. anunció que llevaba a Lluís dentro de sí.
Jay y Natalie vivían su pequeña vida de post-estudiantes en una casa suburbana a cien metros de la playa de Kwana, en la Sunshine Coast. Él fabricaba tablas de surf. A ella le incomodaba que las virutas de fibra de vidrio se depositaran, acabado el baile aéreo, encima de la ropa tendida al sol. Ella daba clases de yoga. No comía carne y tenía la nevera repleta de citas de gurús de la meditación junto a una receta de pastel de chocolate sin gluten. 
La cómoda vida de playa se condimentaba con alguna visita de algún vecino con algunos hijos de más y hablaban de hipotecas y tipos de interés y la posibilidad de un viaje exótico a alguna isla exótica a la que nunca llegarían. Eran felices.
La madre de Jay se compró una granja de macadamias en la región del Arco Iris. Al no poder trabajarla día a día por su trabajo en Brisbane, Polly, la madre, ofreció a Jay la posibilidad de que se mudara a la granja con Natalie para custodiarla, desbrozar la lantana de las hileras de árboles y de paso probar un nuevo estilo de vida. Más natural, decía ella. 

Acto 1
La granja no podía estar mejor situada. A una hora de Byron Bay, a tres cuartos de Nimbin (el pueblo sin ley) y pegada a un gran bosque subtropical por donde pasan los trazos de una canción indígena. Auténtico enclave del conservacionismo más activo en los años ochenta, el bosque de Night Cap.
Jay y Natalie decidieron que el cambio debía ser radical. Desdeñaron la caseta que se les ofreció y decidieron construir su propia cabaña, con grandes troncos de alcanfor y lonas sujetas a los árboles que les protegieran de las infernales lluvias estivales. Trabajaban muchísimo. Tenían tres huertos orgánicos distribuidos por la granja. Comían bayas, plátanos, mangos, calabazas y todo lo que les daba la tierra. De día se bañaban desnudos en el arroyo y de noche escuchaban a las cigarras rugir. O eran las ranas. O las abubillas. O las kookaburras. O las estrellas.
Natalie encontró un trabajo en la panadería de Lismore (también orgánica, of course) e impartía clases en la comuna rural de Dharmananda a cambio de maíz, huevos, leche o róbalo. Jay encontró conexión a internet, se agenció un conteiner industrial que le serviría de estudio y empezó a estudiar permacultura  online.
Aprendieron a no depender del mundo exterior. Especialmente el uno del otro.

Acto 2
Nosotros los veíamos cada fin de semana cuando bajábamos a cosechar la nuez. Natalie y yo nos preparábamos para la media maratón de la Gold Coast. Corríamos por el bosque y parábamos a hablar con los granjeros. Después yo dormía bajo un gran brote de bambú, D. plantaba árboles nativos y Jay hablaba al mundo (virtual) de los poderes de la Gran Madre Natura desde su cubículo de 2 x 2 metros.
Discutíamos del poder del arroyo durante las crecidas. Él me hablaba de los espíritus que habitaban el bosque de Night Cap y de las confabulaciones neoliberales para controlarnos desde el cielo (a través de los químicos que lanzan los aviones desde sus motores). Me presentó los siete volúmenes de la vida de Anastasia, una joven que fue encontrada en Siberia viviendo con los lobos y en plena comunión con la tierra y su magia (http://www.ringingcedars.com/). Nunca los leí. Pero si leí la página web de Jay, en la que invitaba a la población mundial a la consciencia  planetaria y orgánica. Hablaba de fomentar la comunidad, el amor libre sin prejuicios carcas, del abuso de las ciudades. Invitaba a los lectores ávidos de espiritualidad a subvencionar la (su) causa con cinco dólares mensuales para poder mantener la página web y poder seguir enviando energía pura desde su cueva de aluminio mientras la fruta de la pasión, que colgaba de la enredadera, se dejaba pudrir al sol.
Recuerdo la tarde en la que un grano de mostaza quedó suspendido en la telaraña donde la polilla esperaba, vehementemente, ser comida.

Acto 3
La noche del solsticio de invierno, exactamente hace dos años, Natalie nos lo confesó. Uno a uno.
Estábamos en el festival de la luz en Lismore, donde los niños del pueblo desfilaban bajo la llovizna con grandes figuras de papel translúcido iluminadas por candelas. Año tras año las calles y los chavales hacen acopio de luz en previsión de un invierno oscuro. Figuras de delfines, koalas gigantes, hadas y gnomos pasaban delante de nosotros bajo paso festivo. La figura de un duende risueño se doblegaba empapado de lluvia bajo la triste expectación de su dueño de diez años. El duende no dejaba de sonreír. O era una mueca de dolor.
Jay estaba poseído, confesó Natalie. Había conocido a Tina, Hécate virtual, en un foro electrónico y le juró amor eterno. Jay se lo había explicado todo a Natalie esa misma mañana. También le pidió que hiciera las maletas. Tina estaba de camino después de romper con su marido y dejar cuatro niños al amparo de su padre en la paz suburbial de la Sunshine Coast.
Recuerdo como las lágrimas de Natalie se agolpaban, como en la cola de un supermercado, una a una, para caer con todo el peso de la perplejidad. Iluminadas por los farolillos de los niños. Una a una. Como haces de luz muerta.

Acto 4
Tina y Jay empezaron a vivir su sueño hecho realidad virtual. Se cambiaron de nombre. Jay ya no era Jay (sino Atum Tollai) y Tina fue Lilith.  Juntos exploraron todas las simas de la sexualidad tántrica. Maldijeron juntos su pasada naturaleza anglosajona de colegio privado y campamento interno de verano. Durmieron bajo las lunas de cuarto creciente y cantaron a la constelación del possum (según el mapa estelar aborigen) y de la sierpe pidiendo fertilidad. Ella se tumbaba al sol del invierno y él dejó de estudiar, pero siguió confabulando desde su agujero nigromántico en el cual ya nadie sabía que suerte de magias y pirotecnias de la emoción se cuajaban.
Las calabazas se expandieron sin control y la lantana empezó a cubrir los límites de la cabaña. El alcanfor se empezó a pudrir y la lona se agujereó bajo el penetrante sol de enero. La pareja dejó de hablar a los granjeros del lugar y ya nadie los conocía. Solo John, el propietario de la granja vecina y dueño de veintidós vacas, dijo haber visto una vez a Lilith desnuda, en el arroyo, gritando conjuros (o lamentos) al sol. Quizás la realidad de nervio, músculo y víscera era más dura que la del megabyte.   

Acto 5
Natalie siguió siendo Natalie. Volvió desconcertada a la Sunshine Coast en busca de un suelo emocional más firme.  Avatares del destino hicieron que una mañana entrara en internet en busca de respuestas. El facebook le dio la clave al encontrar el cabo al otro lado extremo de esa soga maléfica que colgaba de su cuello desde la noche del solsticio de invierno. Se llamaba Mike y era el ex marido de Tina, padre de cuatro hijos.
Lo que en principio empezó como una terapia de grupo y danza de porqués acabó siendo un enredo de flujos corporales, sentimientos y sábanas. El punzón envenenado de la traición es más llevadero si la herida es mutua en el juego de las cuatro esquinas. Nadie quiere ser plantón. Los dos descartes alimentaron así su soledad. Con atracones de despecho.  
Una noche Lilith llamó a sus niños para ver si todavía la añoraban. Ejercicio que su ego le permitía de vez en cuando. Al ponerse Mandu (que en aborigen significa sol), de siete años, Lilith empezó a destapar un pastel enconado de coincidencias. El perro que ladraba en el fondo de la conversación se llamaba Kundu, como el antiguo perro de Jay. Papá tenía una amiga muy simpática y muy buena y que les preparaba la cena vegetariana de vez en cuando.  También les daba lecciones de yoga. Y también se llamaba Natalie.   
Esa noche los dos satélites de Urano daban vueltas al planeta en la oscuridad del vacío. El sonido de sus carcajadas estelares lo oiremos en 3.649.243 días. Paciencia.

Epílogo 
El final de la historia nos lleva directamente a Newton y a su tercera ley. A toda acción corresponde una reacción en igual magnitud y dirección pero de sentido opuesto. Esta ley de acción y reacción nos dice que si un cuerpo A (llámese Jay, Atum o Demetrio) ejerce una acción sobre otro cuerpo B (digamos Natalie), éste realiza sobre A otra acción igual y de sentido contrario. Llamemos a esta reacción venganza.
Newton también dice (esta vez en su segunda ley) que siempre que una fuerza actúa sobre un cuerpo produce una aceleración en la dirección de la fuerza que es directamente proporcional a la fuerza pero inversamente proporcional a la masa.  Lo que Newton no explica es qué coño pasa cuando la fuerza no es tan fuerza, ni la masa es tanta masa.
Pasa que el cuerpo A acaba en una conferencia de mesías en Vancouver (después de volar 36 horas en un Airbus escupiendo químicos) y abandonado la granja de macadamias para comprar–solo y bajo contrato de leasing—una parcela rural en Nueva Gales del Sur perteneciente a un actor secundario de la legendaria película Hair.
Lilith está haciendo un curso de cine en Byron Bay. Quiere contar cómo perdió en un aborto la hija que fue concebida bajo cuarto creciente. Dice que el constante estrés y las malas energías en su relación con Atum mataron al que podría haber sido su quinto bebé. Yo creo que los espíritus indígenas de Night Cap se lo robaron y ahora es un lagarto monitor. Quizás una hoja de higuera.
La verdad es que yo les echo de menos cada vez que bajo a la granja. Natalie se dio cuenta que un cocinero de comida thai era más rentable (emocionalmente) que un padre divorciado, malpluriempleado y al mando de cuatro niños. Si un bardo inglés hubiera escrito esta historia, las aguas volverían a su cauce. El sol saldría por la mañana, los protagonistas dejarían la oscuridad del bosque y volverían con sus parejas originales al lugar del que nunca debieron salir.
Pero yo no soy el bardo inglés y ésta es la historia (verdadera) del sueño de una noche de invierno. No de verano.
Es lo que tiene emular mitos lejanos en latitudes erróneas.  


streets [calles]

                                                Stanley Street

                                   
                                    She says
                                    Queensland is
                                    liquid
                                    liquid texture
                                    liquid earth.
                                    My neighborhood is a curved
                                    mellifluous serpent. It expands north
                                    petrified north reaching kangaroo point.
                                    To the east it flattens touching the thousand
                                    Greek lemon-thymed olives at Samio’s
                                    (established in 1934).
                                    To the west the Mother presents the city
                                    with her children bathed in
                                    [amniotic] dream. Molly Jones serves me a flat white
                                    and the day whitens at noon coming.
                                    Can anybody smell the frangipanis?
                                    The south unveils in arms of cement and asphalt.
                                    Wooden blue house, backyard and verandah
                                    fenced in time.
                                    In the centre an enormous and eternal yawn.




             Fleurs Street

                                   
                                    The possum crosses the night
                                    not touching it.  Along the infinite
                                    conversations
                                    coming out of the orange-neon Telstra box.
                                    It glides across the lines of a black rubber
                                    song. It is 22:04 in the street. What is the time in Beijing? or in Sri Lanka?
                                    They’ve been talking for bloody hours
                                    Don’t these people have dinner?
                                    Don’t these people have homes?
                                    Thousands of [black rubbered] songlines
                                    sketch [break] the night.
                                    Wrecked web of dialogues unheard
                                    from the lethargy of a wooden verandah.

                                    Where do all those words go?
                                    Where do all those tears go?



                                    


                                    School Street

                                   
                                    Westerly wind
                                    shaking the towers of light
                                    in the distance
                                    cold corrugated iron roof
                                    singing to the music of the first drops
                                    of rain of memory of summer.

                                    Rotten paw-paw in Angello’s garden

                                    The river ribbons the city
                                    black
                                    your hair
                                    black
                                    the night
                                    covers the street and puts it
                                    to sleep.    


                                   
                                   

                                     Ross Street



                                    The blade of the scissors exhausts her sharp eyes
                                    while she murmurs
                                    stories I don’t hear

                                    my grandfather was a Cossack
                                    from Moldavia [or Rumania]
                                    who had a whole village under his blade.
                 
                                    She says – between snips-
                                    the old building to be full of termites
                                    the Princess has conceived
                                    more than one
                                    in the obscurity of the seats
                                    I can smell
                                    the humidity of the rotten wood
                                    the candy floss on the cloth and the semen
                                    still
                                    Gabriela clips her scissors
                                    And a curl


                                    falls.