Rosalía Lombardo
tiene la misma edad que mi segundo hijo. En realidad llevaba esperándome 87
años embadurnadita de zinc y oscuridad. En las fríos pasillos de las catacumbas
capuchinas la bella durmiente saluda
sin mirarte a los ojos. Uno puede notar como desde las cuencas ciegas de los
ilustres notarios, abogados y médicos, la sorda envidia recae en el cuerpo de
esta niña tocada, hace años, por la neumonía. Una vecina del Corso Calatafimi me
contaba como Rosalía tenía una hermana gemela que la sobrevivió. Que la visitaba
todos los días y que se veían las dos reflejadas en injusto espejo. Una en
silencio y con tirabuzón de oro, soñaba con el palpitante alarido del sol
meridiano. La otra, con el pelo cano, lloraba la letárgica belleza y la placidez
inmortal que hacía tanto que había abandonado.
Postal 7: Faro de l´illa den Pou, Formentera.
Las aguas de
un azul imposible escupen un mundo llano roto en islas. Escollos habitados por
titanes azotados por tramontanas y mistrales de otoño. Ensimismados por el
tórrido xaloc estival.
Entre los
islotes de este estrecho mar de freos se alza una columna de mármol con aparato
luminoso de cuarto orden de lámparas fijas. Su luminosa cadencia avisa no tanto
de los peligros pétreos que se esconden bajo las planas quillas que a ella se
acercan. Mas bien, nos alertan, mientras la proa apunta a la menor pitiüsa, de los peligros de abandonar las
firmes lajas de la razón por las movedizas quimeras de la salada carne y el
desnudo sol.
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