Postal 8: Iglesia de los Capuchinos, Sicilia.


Rosalía Lombardo tiene la misma edad que mi segundo hijo. En realidad llevaba esperándome 87 años embadurnadita de zinc y oscuridad. En las fríos pasillos de las catacumbas capuchinas la bella durmiente saluda sin mirarte a los ojos. Uno puede notar como desde las cuencas ciegas de los ilustres notarios, abogados y médicos, la sorda envidia recae en el cuerpo de esta niña tocada, hace años, por la neumonía. Una vecina del Corso Calatafimi me contaba como Rosalía tenía una hermana gemela que la sobrevivió. Que la visitaba todos los días y que se veían las dos reflejadas en injusto espejo. Una en silencio y con tirabuzón de oro, soñaba con el palpitante alarido del sol meridiano. La otra, con el pelo cano, lloraba la letárgica belleza y la placidez inmortal que hacía tanto que había abandonado.

Postal 7: Faro de l´illa den Pou, Formentera.


Las aguas de un azul imposible escupen un mundo llano roto en islas. Escollos habitados por titanes azotados por tramontanas y mistrales de otoño. Ensimismados por el tórrido xaloc estival.

Entre los islotes de este estrecho mar de freos se alza una columna de mármol con aparato luminoso de cuarto orden de lámparas fijas. Su luminosa cadencia avisa no tanto de los peligros pétreos que se esconden bajo las planas quillas que a ella se acercan. Mas bien, nos alertan, mientras la proa apunta a la menor pitiüsa, de los peligros de abandonar las firmes lajas de la razón por las movedizas quimeras de la salada carne y el desnudo sol.