Entre los más grandes de la montaña


Cuando vives en una isla mediterránea cuya mitografía la condena al glamour de las playas y a la conquista de las altas cumbres del olvido etílico, el caminante local busca mitos fuera de ella. Antes, por supuesto, de que Tòfol Castanyer ganara el Mundial de Carreras de Montaña, de que el entrañable Tolo Calafat nos dejara cerca de la cima del Annapurna o de que el gran y más que humano Miquel Riera, padre del psycho-block, nos enseñara que uno también se hace inmortal en las paredes más verticales que nacen del mar.
En el invierno de hace ya unos años, D (mi compañera de viajes) y yo decidimos abandonar el vacuo espíritu neo-navideño y el estruendo consumista por el más amplio silencio del Atlas y del Jebel Toubkal. Contactamos con el guía bereber Omar a través de la Federación Francesa de Montaña y durante doce días nos enseñó (con su burra siempre a dos pasos) el valor del papel de váter (que no tuvimos en todo el camino) y de una ducha (igualmente nula en dos semanas a una temperatura media de 4C a 9C).  
En dos semanas de plácidas y gélidas caminatas aprendimos a vivir a través del reductio ad absurdum. Lo esencial es muy poco. Y de tan poco que es, no muchos lo ven. La buena conversación es uno de esos esenciales y a los diez días de hablar con D de todo lo hablabiscible en el universo, y de no ver a absolutamente a nadie, nos encontramos con el extraño caminante.
Habíamos llegado desde la aldea de Tizi Oussen, quebrada arriba, hasta la cascada helada de Irhoulidene. La cascada de hielo cerraba el camino y daba paso a paredes verticales de mil metros de piedra y hielo. ‘Nosotros no material. Aquí volver’ Nos dijo Omar. ‘Nadie subir aquí en invierno’. Inusitadamente, en una concertina de chasquiditos metálicos, frufrús de polainas y crepitaciones en la nieve, una figura sonriente de oreja a oreja nos saludó en francés saliendo de un recoveco de la pared: Bon jour! 
¿De dónde había salido semejante tipo que, por el aire distendido que emanaba, tendría que haber ido en bata y pantuflas en medio del hielo en vez de ataviado de vagas y mosquetones. ‘¿Agua?, ¿tenéis agua?’ nos pregunta en castellano el extraterrestre de los hielos. Semejante Shackleton se merecía agua y más. Así que le ofrecimos mandarinas y le exigimos una historia. 

Fran, que se llamaba, había quedado con un amigo para hacer algo especial en Nochevieja (la noche anterior al encuentro). Cogieron un coche desde Burgos y se plantaron en Marraquech en un día. Y de ahí a las montañas del Atlas. Su plan era ascender por la cascada de hielo y pasar la noche en el refugio Lapiney, a unos tres mil metros de altura. Absolutamente verticales. Al día siguiente subirían hasta la cima del Toubkal por la cara oeste. Como habían planeado, subieron por la escarpada pared con piolets de hielo y crampones. Al llegar casi de noche al refugio, a 4C bajo cero, descubrieron que no solo estaba cerrado sino que no había señal de vida del guardián con el que habían quedado para abrirles y cocinarles la cena. ¿Se habría despeñado por una canal de hielo? ¿Se amilanó y decidió que en esas condiciones ningún turista subiría por las entalladas paredes de hielo? Sea como fuere, Fran y su compañero, exhaustos y helados, decidieron que no había vuelta atrás con la noche encima. De algún modo forzaron su entrada al refugio, se zamparon todas las barritas y chocolate que llevaban encima y celebraron su suerte con una sonrisa en la boca. Qué mejor manera de celebrar la entrada del año: brindando con un gel y haciendo la cucharita con tu compañero de cordada mientras el mundo se cubre de hielo y silencio.
Con los primeros rayos de sol del nuevo año, se desentumecieron como pudieron, desayunaron de migajas y agua, miraron hacia la cima del Toubkal y decidieron lo siguiente: Fran descendería por la chimenea que llevaba a la cascada. Su compañero seguiría solo desde el refugio hasta la cumbre con alguna barrita y agua. Se verían al caer la tarde en la aldea de Imelil cerrando el círculo en el mapa.
En este momento Omar, que había tornado pálido al intentar seguir la historia de Fran, rompió en elocuciones entrecortadas en un esperanto bereber: “!Majnun! ¡Maijnun! ¡Vous etes loco! ¡No turistas en invierno! ¡No turistas! ¡Tu loco! ¡Tu amigo morir! ¡Tu amigo no subir!”.
Demasiado tarde”, espetó Fran, “mi compañero es un poco cabezón. Pero no se preocupe. Sabe lo que hace.” Y se comió el último gajo y decidió acompañarnos camino abajo mientras Omar hablaba a la burra de la inconsciencia del turista moderno. 
“Esto es un verdadero regalo” nos dijo Fran a D y a mi mientras dejábamos el anfiteatro helado a nuestras espaldas. “¿Sabéis? El verdadero lujo en la montaña es estar solo y en silencio. Parece lógico pero no lo es. Tengo la sensación de que en el Himalaya esa sensación se ha perdido. Vayas donde vayas hay gente. Es imposible estar solo. Y aquí, que estás a lado de casa, puedes pasarte días sin ver a nadie. Ni siquiera al guía que te tenía que abrir el refugio” ríe el burgalés. “A veces el tesoro lo tenemos al lado de casa y no lo vemos”. “Si, si, al lado de casa…pero, ¿has estado escalando en el Himalaya?” Le interrumpo. “Un par de veces. Subí al Cho Oyu en dos ocasionespero nada muy complicado. Lleno de gente. ¿Y vosotros hacéis mucha montaña?” La pregunta era como un envite al que se debía responder con un órdago. “Hombre siendo de una isla lo tienes difícil, pero hacemos nuestras cositas. Además, viene gente muy preparada. El otro día estuve escalando en Sa Gubia con Alberto Iñurrategi, el que ha subido los catorce ochomiles, ¿sabes de quién te hablo?” Una situación de altura demandaba nombres de altura. Vale. Nunca cordé a Iñurrategi. De hecho nunca lo vi escalar. Pero sabía que estaba a dos sectores de mi vía mientras yo abría un triste cinquillo. 
Fran arrolló la conversación con una desbocada carcajada. ¿Pero que me estás diciendo? ¿De verdad os conocéis? ¡No me lo puedo creer!” D tampoco. Ese nombre tan raro no lo había oído en su vida y creía conocer a todos mis amigos. Hasta los raros. “Ya sabes” añadí yo sabiendo del calibre de mi bala (de fogueo) “el mundo de la montaña es muy pequeñito. Nos conocemos todos”.Me giré para mirar si mi órdago había hecho efecto en la sorprendida cara de nuestro acompañante ocasional.
“Alberto es mi compañero. El que ha dormido esta noche conmigo y se dirige a la cima del Toubkal. Ahora lo podrás saludar cuando lleguemos a Imelil. No me digáis queno es una fantástica casualidad. ¿Qué os decía de los lugares sin gente?  Están llenos de sorpresas” 

En ese momento me torné del no-color lívido de la nieve, y riachuelos de sudor frío inundaron mi frente.  “Esta noche podremos cenar juntos y brindar por la amistad y la casualidad” Dijo Fran. D quiso añadir y por   la bravuconería y la ficción” pero, afortunadamente, no había aprendido esas palabras en castellano todavía.  Los minutos sucesivos los recuerdo mudos. Mudos como la bruma suspendida en los corredores de la montagne Abandonné. Mudo como el vuelo de la chova en la gélida altura. Mudo como los Gasherbrum en invierno. 
Hasta que la segunda figura del día pintó de color el blanco valle y salvó mi más que dudosa reputación. Era el guarda del refugio de Lepiney que subía cargado de utensilios y saquitos de comida y combustible camino arriba (un día más tarde de lo esperado). Nos dimos el Salam Aleikum de rigor y Omar se le abalanzó para contar que un turista descerebrado y sin conocimiento estaba subiendo solo a la cima desde Lepiney. Que iba a llamar a los gendarmes y al ejército para que lo rescataran y después para que lo arrestaran por poner a todo el mundo en peligro. “Omar, Omar, Yala! Yala!” Le dije yo. “No lo entiendes. El turista que ha subido, sabe lo que hace. Ha subido las montañas más altas y peligrosas del planeta. A estilo alpino. Podría ir solo a la luna y volvería cantando”. En ese momento Omar decidió que estaba harto de gente loca en la montaña y fustigó a la burra camino abajo. Fran se despidió de nosotros. Queríatener una palabras con el guarda antes de seguir y nos dimos los tres un fuerte abrazo. Prometió buscarnos en Imelil para ir a cenar y me dio un último consejo. De montañero a montañero: “Esas gafas de sol que llevas son una mierda. Cómprate unas con protección de verdad. No quieres quedarte ciego en un glaciar. Nunca lo volvimos a ver y a Alberto Iñurrategi tampoco. 
D y yo acabamos nuestras dos semanas de periplo por el silencio polvoriento y helado del Atlas en Marrakech. La plaza Jamaa El Fna nos devolvió de un revés todo lo que creímos haber dejado atrás: la ensordecedora humanidad. Supe que ese mismo año Iñurrategi intentó escalar El Ogro (7285m. Karakórum) en Pakistán. A Fran le perdí la pista pero creo que dejó de lado la carrera de las cumbres bulliciosas y la competición por ver quién ha subido a lo más alto. Lo cambió por la espeleología. Quizás la decidió que la última frontera del silencio y la soledad yacía en las profundidades. Quizás para saber realmente quienes somos y encontrar lo esencial no tengas que descender a ninguna cueva o ascender ninguna cumbre. Basta con adentrarte en las oscuras simas de uno mismo. Enfrentarte a ti mismo a sabiendas que lo que puedes encontrar puede asustar o asquear. Y salir limpio de la empresa. Honestamente. Sin ficciones ni mitos. Esencial.
Por lo pronto, yo me prometí no hablar nunca más de la cuenta. Y me compré unas gafas de glaciar de nuevas. 


El silencio del Far de la Mola. Formentera.


No hay terreno más liminal que un faro. Eugenio Linares, farero del de Estaca de Bares en Galicia da buena fe de ello. El que vive en el faro vive aislado sabiendo que él es el último hombre de la tierra, el primer hombre del mar. O al revés. Ni de aquí ni de allá. Un farero ni siquiera está entre dos aguas, como Paco de Lucía. Ni entre dos tierras como Bunbury. El hombre del faro pende como pendía el marinero antes de ser corrido por la plancha. Between the devil and the deep blue sea que dicen los ingleses. Pendiendo con la muerte. Pendiendo en silencio. Pendiendo del olvido. 
Sólo cuando ruge el mar y cruje el cielo desgarra el faro el silencio. A zarpazos. Javier Pérez de Arévalo, último farero de la Mola en Fomentera se levantó un día tarareando el “cuarteto de mi vida” de Smetana. El movimiento de cuerdas del compositor checo rondaba y rondaba toda la mañana en la cabeza del farero. La tarareaba al revisar las lentes de Fresnel. La tarareaba al otear hacia el Sur Sureste viendo la marejada ataviándose de plomo. La tarareaba lavando unos tomates cuando una descarga de treinta mil amperios y un aullido ensordecedor engulleron la torre de luz. Javier notó la descarga saliendo del grifo y el alma saliéndosele de la bregada cabellera blanca. Al recuperarse del chispazo, el farero tomó aire y, temblando, se sentó. Se secó las manos lentamente con un trapo gris roído por el invierno. Encendió el transistor y sonó el “cuarteto de mi vida” de Smetana. El farero entendió que la muerte, o la vida, había estado susurrándole al oído toda la mañana el encuentro inesperado. Y que él volvería a nacer. Para suerte de Javier, su alma todavía quedaba pendiendo de aquella torre blanca. Bastión de amparo en la tempestad. 
70 años antes, Pepe Gradaille también tuvo un encuentro con la muerte pero esta vez fue él el que hizo de Caronte salvando un alma. Pepe rompió las reglas de la laguna estigia. Quizás por ello nunca quiso volver al faro tras su jubilación. La noche del 11 de mayo de 1944 una gran bola de fuego iluminó el faro de la Mola. Un bombardero alemán JU-88 que acababa de asaltar un convoy UGS40 aliado en el cabo Bengut (Argelia) tocó con el ala en el mar después de realizar un vuelo bajo para evitar ser captado por radares. Las olas desestabilizaron el avión y éste hundió súbitamente la nariz envolviendo la noche en un estruendo de gasolina en llamas. El unteroffizzierLeopold Reinegger y el gefreitterJosef Zerik murieron en el acto debido al fortísimo impacto contra el timón de pilotaje. Un tercer aviador, Heinz Zowinski, había logrado zafarse del arnés de seguridad antes de que el avión prendiese en llamas y desapareció en la oscuridad del mar nocturno. Desapareció para siempre. El único superviviente, el miembro del escuadrón Kampfgeschwader, conocido como el ‘Escuadrón de los Leones’ por el animal que ilustraba su insignia, logró hacerse con el bote salvavidas de fortuna, una pistola lanza-bengalas con dos proyectiles y saltó al vacío entre las llamas. El monstruo de hierros, cristal y fuego se hundió como un dragón hijo de Caribdis embalsamado en gasolina y furia. El bote quedó a la deriva con un oficial de la Luftwaffecubierto de carburante y salitre. 

El farero, que desde su torre inaudita vio como si el mar prendiera, bajó sin aliento a por un lugareño con bote.  Al llegar a la caseta paupérrima de Pep de Can Jaume, éste le dijo que necesitarían dos hombres más y una embarcación más grande si querían rescatar la tripulación de un avión de guerra. Y así juntos fueron a por la xalanade Tomeu de Ca’n Puig y saltaron al vacío de la noche guiados intuitivamente por el intermitente destello del faro, el olor desecho a carburante y una leve columna de humo que se confundía con la Vía Láctea. Los tres formenterencsempuñaban los remos mientras el farero Pepe, armado con un candil, ponían la proa hacia la nada. La escena tenía toda la carga estética de un poema de Novalis. El mar había engullido todo rastro de luz. El gigante amasijo de avión planeaba en la profundidad dejando una estela luminiscente de burbujitas de plata y silencio. Invisible en el mundo de los vivos. Entonces el cielo se iluminó con una detonación sorda de color naranja. Una bengala devolvióal piloto a la vida. En la negrura flotaba una balsita inflable con un cuerpo abandonado y cubierto de combustible negro que, al sentir las manos que lo sujetaban y lo trasladaban a la vida, murmuraba: ich bin Kamerad, ich bin..., ich bin. No sabían si era amigo o enemigo. En el mar solo hay supervivientes. La ley es salvar la vida.  No sabían si estaban a trescientos metros o a dos millas de la costa, pero no dejaron de remar hacia Cala Codolar como si a cada palada de remos le fuera dada una inhalación de vida a la extraña captura. Karl-Heinz Eiche, repleto de quemaduras y un golpe traumático en su vientre y bazo se recuperó bajo sol de mayo mediterráneo antes de ser enviado de nuevo a Alemania, unos meses antes de acabar la guerra. El gigante piloto alemán vio sacar dos de los cuerpos de sus camaradas que, hinchados por la putrefacción y la salitre, parecían dos focas monje, dos vells marins varados y atrapados en redes de pesca con la cruz gamada en lo que quedaba de pechera. Eiche dejó la isla y nunca regresó. Odiseo tampoco regresó a la isla de Ea. Las conversaciones con los muertos quedan con los muertos. Pasados los años Eiche se refirió a los isleños que le rescataron como “el cuarteto de mi vida.” El farero, a su vez, recibió un cheque de mil pesetas del Agregado Aéreo de la Embajada Alemana en España. Los tres marineros de Formentera se quedaron con la historia que, con el paso del tiempo, se deshilachó como una red roída en un pantalán abandonado hasta que el periodista J. M. L. Romero la recuperara para El Diario de Ibiza

El Faro de la Mola, desde sus ciento cuarenta y dos metros sobre el mar, ya no cobija a ningún farero. Destella a la perfección cada cinco segundos que ilumina en 16 millas náuticas, dando hálitos de confort programado y geolocalizado, a las embarcaciones que doblan el cabo de la Mola. En el 2001 se automatizó para siempre, privando a cualquier mortal de la oportunidad de desafiar las leyes fronterizas que separan el mar de la tierra. La rutina diaria del acto heroico. La vida de la muerte. La pantalla de la mirada infinita. El control aséptico de la llama que nutre al mito. 

El verbo de Waldberta

 
Nosotros, que estamos todavía vivos, somos irreales ante los ojos de los muertos. Sólo ocasionalmente, bajo cierta luz y condición atmosférica, aparecemos en su campo de visión” Austerlitz (W. G. Sebald).

Desde la torre de Villa Waldberta, residencia de artistas, preparo las líneas de mi personaje. La pieza teatral se llama Das Blick der Brandner Kasper ins Paradies y mi papel es el de la Muerte (der Boandlkramer). Es difícil acertar en la traducción exacta de algunas palabras y más si éstas están en bávaro. En la obra, la Muerte convence a Brandner Kasper, a través de la palabra, para que éste eche un vistazo al Paraíso. Y que se quede por voluntad propia. Con-vencido. Vencido con la palabra.
La muerte es la única narrativa de nuestra vida que no escribiremos. Otros, si cabe, lo harán por nosotros. Debemos cuidar a los escribientes que nos sucedan. Y ellos deben cuidar la palabra justa, porque de ella nacerá la narrativa que nos dé forma.
Esta tarde he decidido ir en bicicleta a lo largo de la orilla del lago Starnberg. Desaconsejaban viajar a Múnich. A pesar del cielo encapotado, los más jovenes se lanzaban al espejo de plomo que se rompía en mil ondas y mil gritos. Los más mayores hablaban. Musitaban entre sí, como si intentaran sonsacarse algún detalle que se les hubiera pasado por alto y que el otro conociera. A la altura del club náutico de Starnberg el cielo ha desatado mil balas de agua y me he refugiado, junto a una mujer cansada, su acompañante en silla de ruedas, y una paseante coreana, bajo el tejado de una pérgola junto a la orilla.
Exactamente un verano, diecisiete años atrás, me sentaba bajo el mismo tejado de hierro forjado, en la misma pérgola, junto a la misma orilla. Esa vez estábamos solos. Beate Biene era una jovencísima estudiante de español de Feldafing pero hablábamos en alemán. Nos gustábamos. Lo justo. La tarde venía cargada de nubes y de deseo. Después de un paseo banal y de conversación breve miramos juntos hacia los Alpes y dijo “me gustaría besarte”. Yo, enredado en mi anhelo y mis (verbos) modales le pregunté “debo besarte?” (soll ich?) cuando querría haber usado el verbo “permitir” (dürfen). Pensó que yo era imbécil y me besó. Para que callara y dejara de decir estupideces. La palabra justa es imprescindible. Y cuando ésta no se encuentra sólo queda la acción. A menudo imperfecta.
Hoy la pérgola me parecía un fantasma. Una jaula de alambre, abierta de par en par, abandonada por los pájaros del ansia que un día la habitaron.
Hace exactamente veintinueve horas Alí David Sonboly, de dieciocho años, asesinaba en el Olympia Einkaufszentrum de Múnich a nueve personas. Mientras el joven descargaba su pistola Glock de nueve milímetros a bocajarro sobre sus víctimas, a escasas calles, yo descargaba cuidadosamente las líneas de mi parlamento sobre el meister Erick: “Mira Kasper, mira el paraíso y díme que es mejor que lo que dejaste allí abajo”.

Al acabar el ensayo, inmóviles por una ciudad paralizada, bajo la lluvia, sin S-Bahns ni U-Bahns que te devolvieran a casa, solo las preguntas, como espectros, habitaban las calles y los charcos. ¿Cuál será la historia que quedará de ese joven después de su final? Dicen que se le oyó decir “soy alemán. Nací aquí”. El periódico lo nombraba, breves momentos después de conocerse la tragedia, como “joven germano-iraní”. Cuando no cuidas a los escribientes te joden hasta el origen.
¿Fue ese quizás el problema del joven desequilibrado? ¿No le dejaron, quizás, escribir con sus propias palabras la narrativa deseada? ¿Cuáles fueron las palabras, al inicio, cuando en el inicio solo hay verbo, que movieron al asesino al horror? Las palabras que lo de-formaron debieron ser escogidas para causar daño y generar dolor. El asesino no encontró, desde el dolor, palabras que le re-generaran. Usó balas.
Sebald dice que Austerlitz habla de incontables y finas marcas de dolor que trazan el espacio a través de la historia. Yo las puedo trazar de una sola mirada. Desde mi torre de Villa Waldberta. A través del espacio y a través del tiempo. Desde la torre puedo establecer un trazo de dolor que llega, unas calles más abajo, a la villa conocida como Villino. Allí veranearon, del 1919 al 1923, Klaus y Golo Mann junto a su padre, el escritor más famoso en lengua alemana del siglo veinte. Los jóvenes tenían trece y diez años y debían disfrutar de sus paseos en barca y sus saltos al lago desde el pantalán de tablas como los chavales de hoy lo disfrutan. Era, definitivamente, un lugar feliz.
En 1933 el gobierno alemán compró la villa, además de Villa Waldberta, y la convirtió en la Nationalsozialistische Deutsche Oberschule Starnberger See, una fábrica ideológica para formar a la élite nacionalsocialista en la primavera del sueño ario. Los jóvenes oficiales ocuparon progresivamente las villas de Feldafing. Jóvenes como Goebbels y Göring, ingenieros sociales del nuevo imperio, impartían clases y bebían Riessling junto al lago, soñando castillos de huesos bañados en diente de oro. Berlín se presentaba como una nueva Atenas donde el lenguaje se articulaba, desde las escuelas del Reich, para dar sentido al caos. Proponer un orden desde la palabra. La palabra celebrada como la primera luz del día, poniendo fin a las legiones de la oscuridad ¿Pero a quién pertenece la palabra?
Golo, el niño que solía esconderse entre los setos de la villa, cayó prisionero del ejercito alemán en el frente de Francia pero logró escapar, a través de Espana, a Estados Unidos donde trabajó para servivio secreto. Klaus, su hermano, participó en la liberación de Italia y entró en Alemania en 1945. Fue de los primeros testigos, como editor del Star and Stripes, en poner palabras a la devastación que encontró en su ciudad de origen. ¿Se puede encontrar la palabra justa para dar sentido a la aniquilación? Klaus se sintió condenado a vivir incapaz de encontrar una palabra repadora. Se quitó la vida. En Klaus Mann reverberán los ecos de la pregunta de Anaximandro: ¿Hubiera sido mejor si no hubieramos sido?
Georg Nieder, vecino de Feldafing, educado en el Reichsschule der NSDAP, y muerto a los veintinueve años a manos de las tropas aliadas, comparte hoy la fecha de defunción y el camposanto de su pueblo natal con Abrams Schoß, en cuya tumba se puede leer Hier ruhen unzählige Opfer Jüdischen Glaubens. Sie wurden in den Jahren 1933-1945 durch Nazischergen ermordet, (aquí yacen incontables víctimas de la fe judía. Fueron asesinados entre 1933-1945 por matones nazis).

Abrams Schoß murió en el KZ de Dachau pero Simon Schochet lo sobrevivó. El 29 de abril de 1945 la 20ª División Blindada junto a la 45ª División de Infantería del VII ejército americano liberó el campo de concentración. Decenas de reclusos polacos, búlgaros, hungaros y rumanos se conviertieron en DP (personas desplazadas) y fueron trasladados a refugios. Villa Waldberta era uno de ellos. Simon Schochet, polaco desplazado a Feldafing, dió clase de hebreo (עִבְרִית) a los desplazados para que no se olvidaran de la palabra. Escribía en un papel de traza el alfabeto hebreo que luego colgaba con clavillos en una habitación de la villa para que los desplazados sin hogar, sin patria y sin familia pudieran re-construir de nuevo el mundo. Desde el dolor, desde la re-escritura, desde la palabra exacta, sanadora. El lenguaje es la casa del ser (des Haus des Seins) diría Heidegger, ideólogo adoptado por el nazismo.

Agniezska, el nombre que se me antoja para la nina polaca de la foto 60209 del archivo del U.S. Holocaust Memorial Museum, aprendió a leer en las paredes de Villa Waldberta, donde posa alegremente junto a la balaustrada de piedra que da al lago Starnberg. En la foto, Agniezska sostiene unas flores en la mano derecha y parece abrazarse a sí misma. La mirada de Agniezska arde de vida. Aga, como la nombrarán cariñosamente más adelante, sobrevivió al extermino escondida por una familia polaca. En la villa se reencontrará de nuevo con sus padres. Cuatro años después del silencio. De repente volvió a tener padres y palabras e historia. Y flores y juegos.
Se podría afirmar que la única forma de supervivencia es cuidar el verbo, la palabra exacta. Sin embargo, y tal como han demostrado los postmodernos, ésta ya no existe. Y si existiera ya no nos pertenece. Debemos trabajarla entre todos. Día a día. Limarla, discutirla, negociarla y compartirla. Lo que sí se me antoja, emperó, imprescindible, inamovible, indiscutible, es la mirada de Aga. Desde la mirada del niño todo se puede re-nombrar. Todo puede re-nacer. Desde el ardor, del anhelo, del ansia de vivir.
En mi torre de Villa Waldberta, desde donde el meister Erick me cuenta de los numerosos espíritus que pueblan la casa y a los que yo todavía no he visto, observo el mismo lago y los mismos arboles que vieron Klaus y Golo y Goebbels y Göring y Georg y Abrams y Simon y Aga. Sus fantasmas, o cuando menos, sus trazos de dolor, habitan los pasillos de la villa y los pasajes del pueblo. También la huella de sus flores, de sus alfabetos, de sus juegos de niños. Los periódicos afirman que con casi toda certeza la matanza de Olympia ha sido un acto de locura, de depresión aguda. Sus compañeros de clase confiesan a la prensa que no hablaba con nadie y que evitaba mirar a la gente. La palabra lo había abandonado. La mirada también. Quizás necesitó a alguien como Simon, testigo del exterminio, que del caos, de la oscuridad, como obrero del lenguaje, sobrepuso letra con letra para construir puentes y jardines, pero también empalizadas y contrafuertes. Simon Schochet, desde la torre de su juventud, comentaba: “Veo a todos mis conocidos como si pudiera llevar sus rostros y sus historias conmigo. También considero igual de importantes el refugio para desplazados, las barracas, las villas, los bosques y el lago. El lago volverá a ser un lugar feliz de nuevo, lleno de gente alegre, que vendrá a pasar sus vacaciones, a jugar, a banarse, a relajarse, a jugar al golf. Los habitantes de hoy se olvidarán y se dispersarán por todo el mundo. ¿Que si volverá a habitar aquí la alegría y se cerrará la huella que ha dejado el dolor? Probablemente sí.”
En la obra Brandner Kaspar, la Muerte muestra el paraíso al protagonista y éste no quiere volver al mundo que ya no le aporta ninguna sorpresa ni ninguna historia. Yo no creo en el cielo barroco de Brandner donde, entre cerveza y Weißwurstl, le esperan ansiosos sus amigos cazadores, su nieta y su mujer Traudl. Y me pregunto, entre fantasmas, desde la torre de Villa Waldberta, si no será mejor empezar a escribir el paraíso desde aquí abajo. Ahora. 

 

Doi Inthanon. Tailandia. 2002.

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En la butaca 33H una señora inglesa de pelo rubio-cano y que viaja sola pide una taza de té, solo. Sólo tienen té verde y té rojo. La señora me mira y me pregunta porqué esta gente no tendrá té normal. ¿Qué es normal cuando sobrevuelas otra latitud? De entre los árboles de teca y el frondoso bambú la riada roe la jungla a grandes quijadas. El monzón ha irrumpido sin avisar y ha cortado el paso a las campesinas acompañadas de sus niñas colgadas a hombros.  Y a los turistas. Después de varias noches en las aldeas de los Karen, los Lisu y los Akha, entre la frondosidad de Doi Inthanon y la frontera birmana, nuestro guía se ve forzado a parar la marcha y a esperar que la lluvia cese. Ni el dragón Naga, erguido, podría amedrantar a la diosa Thurani, que no deja de regar la tierra estrechando el extremo de su trenza. I told you big water come. Now wait here, maybe sleep here que dice Wan, mientras se enciende otro cigarrillo de tabaco y opio. Los poblados están a punto de desaparecer. Solo el turismo los puede salvar. Es la única manera de que entre dinero, me comenta Sukrep en casi perfecto inglés. En las aldeas solo quedan abuelos y niños. Como Pong o como Na, que recorren dos horas diarias para ir a la escuela más cercana y descubrir que el maestro ese día no vendrá porque le han cortado la carretera. Los jóvenes y los adultos se desplazan a la ciudad para hacer dinero sin mucho esfuerzo. De aquí a diez años seremos pasto de la jungla. Las raíces carcomerán nuestras casas y nuestras vidas. De esa conversación hace una década. Me pregunto qué será de Sukrep y de su selva ahora. 

De la incesante lluvia se levanta una capa de bruma que lo empaña todo de Salgari. Los minutos se suceden y las lenguas de una agresiva agua rojiza culebrean a nuestro alrededor. El mojado silencio se rompe, violentamente, por el sordo chasquido de los enormes troncos de bambú. Todos nos miramos y dirigimos nuestros ojos hacia la arboleda. Bengal tigers? Se ríe Wan. De entre la bruma aparecen cuatro monstruos paquidérmicos azules. Nadie da crédito. Con paso lento los elefantes destrozan todo lo que tienen a su alrededor para llegar a los turistas embobados, en nuestra isla de hierba y barro. Cuatro niños vestidos de Beckham guían a los animales, que van pescando náufragos en este océano verde de lianas y vapor. Ancianas, críos, cestas, gallinas y turistas colgamos de estos gigantes móviles durante un viaje eterno que acaba en la aldea de los Palong, que nos recibe oscura pero con el halagüeño olor de una hoguera. En nuestro meridiano 0, cuando las tormentas arrecian y llenan el cemento de torrentes de agua gris, se disparan todas las alarmas, los semáforos se declaran en huelga y todo el [primer] mundo, empapadito, entra en pánico. En nuestra latitud es lo normal. Aquí esperas a que te rescate un elefante o pare la riada. Con mucha paciencia. Sin mucho ruido.

En el templo de Doi Suthrep, ya en Chiang Mai, miro a un buda en silencio. En su mirada reverbera todavía el gesto de un joven monje que da de comer a un perro callejero de su mano. En el parque de Lumpinee, ahora, hace ya diez años, en Bangkok, un ladyboy me sirve una ensalada de arroz frito y me sonríe tímida. Me mira fijamente y se va. ¿Qué es el Otro me pregunto mientras ella clava su pupila oblicua en mi pupila? ¿Qué es el otro, te preguntas? El Otro soy yo.


Postal 9: Hong Kong.


En el puerto industrial de la ciudad se levanta una ciudad de bloques y contenedores metálicos. Unos se levantan en torretas multicolores desafiando los rascacielos de Boundary Street. Otros contenedores, los más tímidos, se recogen en calor y asfixia. Lego gigante de deseos y anhelos al que a uno le gustaría barajar y mezclar como piezas del Monopoly, añadiendo otro enredo más al mercado mundial.  El oro, entonces, rota la baraja, llegaría al puerto de Tome. Pilas y pilas de biblias en edición bolsillo harían entrada en Port Annaba. Millones de patitos de goma amarillos se adentrarían por el delta del Río Perla. Las mandarinas volverían con los mandarines. Sedas para Antofagasta. Maniquíes calvas hacia el puerto de Quequén. Aires acondicionados para Vladivostok. MP3s en Macao. Y yo, tras larga espera, desembarcaría en el puerto de Alejandría para oler el vestigio de los miles de mapas quemados y el hinojo marino.

Postal 8: Iglesia de los Capuchinos, Sicilia.


Rosalía Lombardo tiene la misma edad que mi segundo hijo. En realidad llevaba esperándome 87 años embadurnadita de zinc y oscuridad. En las fríos pasillos de las catacumbas capuchinas la bella durmiente saluda sin mirarte a los ojos. Uno puede notar como desde las cuencas ciegas de los ilustres notarios, abogados y médicos, la sorda envidia recae en el cuerpo de esta niña tocada, hace años, por la neumonía. Una vecina del Corso Calatafimi me contaba como Rosalía tenía una hermana gemela que la sobrevivió. Que la visitaba todos los días y que se veían las dos reflejadas en injusto espejo. Una en silencio y con tirabuzón de oro, soñaba con el palpitante alarido del sol meridiano. La otra, con el pelo cano, lloraba la letárgica belleza y la placidez inmortal que hacía tanto que había abandonado.

Postal 7: Faro de l´illa den Pou, Formentera.


Las aguas de un azul imposible escupen un mundo llano roto en islas. Escollos habitados por titanes azotados por tramontanas y mistrales de otoño. Ensimismados por el tórrido xaloc estival.

Entre los islotes de este estrecho mar de freos se alza una columna de mármol con aparato luminoso de cuarto orden de lámparas fijas. Su luminosa cadencia avisa no tanto de los peligros pétreos que se esconden bajo las planas quillas que a ella se acercan. Mas bien, nos alertan, mientras la proa apunta a la menor pitiüsa, de los peligros de abandonar las firmes lajas de la razón por las movedizas quimeras de la salada carne y el desnudo sol.