Pero en este país inquietante, tal como he aprendido hasta el momento, es más fácil desechar lo superfluo e intentar alcanzar lo infinito. Te quemarás con seguridad, la carne se despegará de tus huesos, probablemente te torturarás de mil maneras horribles y primitivas, pero descubrirás el genio que siempre sospechaste que te poseía y del que nunca confesarás tu miedo. Patrick White, Voss.
¿Cuánta mierda tengo que limpiar antes de llegar al destino sagrado? ¿Cuál es la máxima exposición solar que puede aguantar el cráneo de una persona antes de encerrarse durante horas incontables en una jaula móvil junto a los animales salvajes de su misma condición? ¿Cuántas moscas debo comer por descuido antes de postrarme ante la belleza divina de la meta? Y fundamentalmente, ¿sabré comportarme y estar a la altura de la circunstancia litúrgica cuando al fin, tras el arduo y extenuante recorrido, postre mi sudoroso y compungido cuerpo ante La Roca? Después de casi tres años viviendo en el continente austral, poco importa que haya plantado cincuenta y ocho árboles nativos para frenar el avance de la lantana a las orillas del riachuelo Terrania; que haya tenido un hijo en el hospital más antiguo de la ciudad; que algunas de mis alumnas se hayan tatuado alguna de mis frases en la espalda. Eso es de importancia nimia y no interesa. Mi periplo por Australia es vacuo y sin sentido si, por el motivo que fuera, vuelvo a casa sin haberme sacado una foto con su corazón pétreo de fondo: Uluru, símbolo único, esencial y reconocible de tan extenso país. También carece de importancia el hecho de que el 90 por ciento de su población viva a más de 2000 kilómetros de éste.
A diferencia de los pioneros Burke, Wills o Leichhart, yo prefiero hacer mi peregrinación sagrada al extenso outback ligerito de equipaje. Eso sí, como todo mesías que atraviesa su desierto personal debo llevar a mi pueblo conmigo. Incluyendo niños llorones y suegros. La auto-caravana más grande del mercado se presenta como la mejor opción.
El segundo problema que se anuncia es el de la distancia. Se pueden atravesar dos mil doscientos cuatro punto cuatro kilómetros de absoluta nada desértica en auto-caravana. Lo más probable, sin embargo, es que lleguemos a nuestro destino con cinco querellas, una petición de divorcio y dos intentos de parricidio en dominó. Así que, como los malos estudiantes, mejor nos saltamos los capítulos más importantes del libro y nos plantamos en un plis plas de tres horitas (que pasan volando en Qantas) en Alice Springs. Ahora solo nos quedan quinientos veintitrés kilómetros para nuestro destino.De buena mañana nos ponemos en ruta horizontal a través de un plano panorámico de dos colores (azul y rojo) con carretera como hilo conductor. Kilómetros y kilómetros de matorral. Un águila al margen de la carretera descuartiza el pellejo seco de una alimaña. A Lulu le están saliendo cuatro molares a la vez y Pep quiere escuchar por vigesimoséptima vez waltzing matilda en el iPod.
Horas pasan.
Horas.
Pasan horas.
En la gran carretera australiana el tiempo se funde con el espacio y son uno. Es lo más cerca a lo que nuestra cultura motorizada y vertiginosa puede estar de la mágica concepción aborigen del tiempo de sueño, en donde paisaje, tiempo y canción se funden en uno. La diferencia reside en que la convergencia de tales elementos, en la concepción indígena, se forma en cada detalle mínimo del espacio, gradualmente, construyéndose, a ritmo de verso. En nuestro caso, la velocidad y el infinito del horizonte plano nos dan esa incorporeidad absoluta. Con olor a asfalto y a diesel.
Los kilómetros pasan y los niños juegan en el asiento de atrás. Dicen que son cocodrilos.
Los signos de las pocas gasolineras que funcionan como postas en el camino, nos recuerdan que cada vez estamos más cerca del destino sagrado. La gasolina es más cara e infinidad de postalitas y posters de Uluru te asaltan de camino al servicio. Uluru con canguro, Uluru con puesta de sol, Uluru con tía buena encima de camión, Uluru de día, Uluru de noche (postal totalmente negra), Uluru al revés (down under), Uluru en cómic, Uluru, Uluru, Uluru. El nombre sagrado reverbera en la cabeza, Uluru, Uluru, hasta el punto que el subconsciente dispara fogonazos de inexistentes rocas corpulentas, como molinos convertidos en gigantes, en un paisaje yermo y plano. Juegos de una mente achatada por la distancia y la horizontalidad del camino.

Suena la canción de Bob Dylan I want you I want you I want you cuando esta vez, en verdad, una protuberancia rojísima rompe la nada. Mi suegra se pelea con la cámara que se le escapa aullando por entre las piernas. Di intenta capturar la primera imagen para la memoria de entre las lomas saltarinas. Yo la he perdido. ¿Pero dónde demonios está? Los enanos ahora son águilas y trenes.
¡Allí! ¡Miradla! La roca entra a borbotones de color sangre por las ventanas de la auto-caravana.
Pero no será hasta el día siguiente que vayamos a postrarnos ante ella.
El día llega con lluvias y cielos tirabuzonados de nubarrón.
Los vecinos del cámping esputan maldiciones y malos presagios durante el desayuno. Pero si solo llueve cuatro días al año y encima nos toca a nosotros. Y ahora qué pasa con la foto. Y con el rojo national geographic. Pues yo me quedo en el cámping que por lo menos hay pista de tenis y tragaperras. Maldita roca del demonio. Maldita lluvia.
Nosotros sí que vamos, digo con el bacon calcinado en mis tenazas.
La aproximación por la carretera te descubre metro a metro al gigante durmiente que parece erguirse a medida que uno se aproxima. La lluvia cae por sus lomos y pozas suspendidas. El rojo ya no es rojo sino vino terroso con vetas de plata. De hecho toda la roca parece de plata y hierro oxidado. Un pequeño grupo de caravanas se agrupa en el párquing de Mala Puta. Más allá de este mirador, la gente no se aventura a mojarse. Yo siento un picor irremediable en los pies y el bajo vientre. Me tengo que poner las zapatillas y correr alrededor de la sagrada figura pétrea.¿Es esta una extraña manifestación de su fuerza telúrica? ¿le entran a uno ganas de correr? ¿qué coño me pasa? ¿es quizás la insoportable vastedad del desierto lo que da alas a mis pies? ¿Qué dirán los espíritus ancestrales del gilipollas vestido en mallas que decide, bajo la lluvia, circunvalar este universo de roca prensada y canción? ¿es el mío un sacrilegio máximo y seré poseído por el mezquino espíritu del possum? ¿Alcanzará la maldición a mi familia convirtiéndolos a todos en spinifex?
Mis pies no pueden parar. Mis ojos no pueden separarse de la ondulante figura que escupe el canto de cascadas invisibles y de historias fantásticas que yo nunca podré ver como la batalla entre Kuniya, la pitón woma, y Liru, la serpiente venenosa.
Por el camino me encuentro tiradas dos pilas alcalinas oxidadas. Esa es la clave. Es una prueba de la Gran Sierpe. El encuentro con la intromisión moderna. Sabré responder como el manual de los jóvenes castores exige. A la naturaleza lo que es de la naturaleza. A la basura lo que es de la basura. Recojo las pilas oxidadas para arrojarlas a un cubo y los espíritus me lo agradecerán. Ahora sí puedo pasar.
Sigo la travesía vadeando cotos vedados al turista. Puntos sagrados y secretos en los que la entrada está vetada. También está prohibida la apropiación del lugar mediante la fotografía. Yo paso de puntillas, de lejos, en silencio. No hay nadie conmigo. Sin embargo percibo una extraña presencia palpitante. Serán las pilas oxidadas que hacen cortocircuito con la energía telúrica. No sé qué es pero después de unos kilómetros en absoluta soledad y bajo la lluvia, la roca se empieza a hacer móvil, a presentárse de miles de formas móviles. Va cogiendo formas humanas y animales. La vulva gigante del lagarto Kandju me amenaza. Miembros rocosos de hombres serpiente se anuncian entre hilillos de agua de argento. El paisaje se ha antropoformizado. Los dedos estriados de Lungkata, el lagarto de lengua azul me quieren agarrar. La piedra está viva. La Roca me habla. No sé qué me dice pero me habla. Oigo el sibilino y constante silbido de la serpiente. Corre. Escucha. Corre.

Estas visiones me perseguirán durante todo el viaje.
Llego a circunvalar el mazacote sagrado y me encuentro, empapado y extenuado, con la auto-caravana que me espera de brazos abiertos y toallas extendidas. Tiro las pilas maléficas. Intrusas del siglo alcalino.
Ducha caliente, sopa caliente y a reponer energías. Es sólo una roca. Una roca grande, me digo. Solo es una roca.
La lluvia cesa y el sol anuncia otro espectacular ocaso. Poco a poco, los cámpings se vacían y los párquings-mirador se llenan para el espectáculo inminente. La Roca vuelve a ser benevolente y regala, desde la fotogénica distancia, otra espectacular fotografía. Todos posan delante de ella. Se postran. Descorchan vino blanco Oyster Bay. Se retratan con Uluru a la espalda y con peluche en brazos. Todo vuelve a la sólida seguridad de la postal.
Foto foto foto foto foto foto y, por si acaso, otra foto. Ésta sí que es Uluru.
Nuestra auto-caravana pone rumbo a Kata-Tjuta y deja un fabuloso enjambre de admiradores y aduladores new-age. En la distancia pareciese que ellos también forman parte de las ondulaciones y estrías de la gran Roca.Atravesamos un gran plano oscuro y repostamos en una somnolienta gasolinera. Unos aborígenes sorben sin ganas ni interés unas gaseosas de naranja mientras miran a Karl Stefanovic en el Channel 9. Qué historias salen en la tele. Detrás del contador un poster gigante de Uluru y puesta de sol eléctrica nos acompaña a la salida.
Niños, dejad de pelear y subid a la auto-caravana. Digo.
Papá, no peleamos. Yo soy un lagarto y Lulu un tractor. Me ha robado tres huevos y ahora me lo voy a comer.
Los desafíos del desierto ya no suponen para el turista lo que suponían para los primeros exploradores y colonos que se adentraron en este desierto. Los desafíos del desierto ni siquiera suponen hoy para el indígena lo que suponían hace cien años. Hoy, los turistas, tenemos desafíos altamente más complicados. Retratarnos bajo un paisaje idílico que esté a la altura de una portada Lonely Planet. Decir yo he estado allí sin que la voz delate un atisbo de emoción. Mirar cara a cara al objectivo de la cámara y esperar que la puesta de sol sea, por lo menos, tan electricpink como la del póster. Formar parte de esa tan selecta y gran familia anónima de visitantes espirituales que peregrinean al corazón pétreo en busca de ilumunación de algun tipo. Y recoger los bártulos hacia otra dirección después del retrato. Mierda. Coño. Me acabo de dar cuenta de que no me he hecho ninguna foto con Uluru. ¿y ahora cómo testifico que he estado aquí? No pasa nada. Es solo una roca. Compraré una postal. Solo es una roca.
O no.