Postal 9: Hong Kong.


En el puerto industrial de la ciudad se levanta una ciudad de bloques y contenedores metálicos. Unos se levantan en torretas multicolores desafiando los rascacielos de Boundary Street. Otros contenedores, los más tímidos, se recogen en calor y asfixia. Lego gigante de deseos y anhelos al que a uno le gustaría barajar y mezclar como piezas del Monopoly, añadiendo otro enredo más al mercado mundial.  El oro, entonces, rota la baraja, llegaría al puerto de Tome. Pilas y pilas de biblias en edición bolsillo harían entrada en Port Annaba. Millones de patitos de goma amarillos se adentrarían por el delta del Río Perla. Las mandarinas volverían con los mandarines. Sedas para Antofagasta. Maniquíes calvas hacia el puerto de Quequén. Aires acondicionados para Vladivostok. MP3s en Macao. Y yo, tras larga espera, desembarcaría en el puerto de Alejandría para oler el vestigio de los miles de mapas quemados y el hinojo marino.