En la butaca
33H una señora inglesa de pelo rubio-cano y que viaja sola pide una taza de té,
solo. Sólo tienen té verde y té rojo. La señora me mira y me pregunta porqué
esta gente no tendrá té normal. ¿Qué es normal cuando sobrevuelas otra latitud?
De entre los árboles de teca y el frondoso bambú la riada roe la jungla a grandes
quijadas. El monzón ha irrumpido sin avisar y ha cortado el paso a las
campesinas acompañadas de sus niñas colgadas a hombros. Y a los turistas. Después de varias
noches en las aldeas de los Karen, los Lisu y los Akha, entre la frondosidad de
Doi Inthanon y la frontera birmana, nuestro guía se ve forzado a parar la
marcha y a esperar que la lluvia cese. Ni el dragón Naga, erguido, podría
amedrantar a la diosa Thurani, que no deja de regar la tierra estrechando el
extremo de su trenza. I told you big
water come. Now wait here, maybe sleep here que dice Wan, mientras se
enciende otro cigarrillo de tabaco y opio. Los poblados están a punto de
desaparecer. Solo el turismo los puede salvar. Es la única manera de que entre
dinero, me comenta Sukrep en casi perfecto inglés. En las aldeas solo quedan
abuelos y niños. Como Pong o como Na, que recorren dos horas diarias para ir a
la escuela más cercana y descubrir que el maestro ese día no vendrá porque le
han cortado la carretera. Los jóvenes y los adultos se desplazan a la ciudad
para hacer dinero sin mucho esfuerzo. De aquí a diez años seremos pasto de la
jungla. Las raíces carcomerán nuestras casas y nuestras vidas. De esa
conversación hace una década. Me pregunto qué será de Sukrep y de su selva
ahora.
De la
incesante lluvia se levanta una capa de bruma que lo empaña todo de Salgari.
Los minutos se suceden y las lenguas de una agresiva agua rojiza culebrean a
nuestro alrededor. El mojado silencio se rompe, violentamente, por el sordo
chasquido de los enormes troncos de bambú. Todos nos miramos y dirigimos
nuestros ojos hacia la arboleda. Bengal tigers?
Se ríe Wan. De entre la bruma aparecen cuatro monstruos paquidérmicos azules. Nadie
da crédito. Con paso lento los elefantes destrozan todo lo que tienen a su
alrededor para llegar a los turistas embobados, en nuestra isla de hierba y
barro. Cuatro niños vestidos de Beckham guían a los animales, que van pescando
náufragos en este océano verde de lianas y vapor. Ancianas, críos, cestas,
gallinas y turistas colgamos de estos gigantes móviles durante un viaje eterno
que acaba en la aldea de los Palong, que nos recibe oscura pero con el
halagüeño olor de una hoguera. En nuestro meridiano 0, cuando las tormentas
arrecian y llenan el cemento de torrentes de agua gris, se disparan todas las
alarmas, los semáforos se declaran en huelga y todo el [primer] mundo,
empapadito, entra en pánico. En nuestra latitud es lo normal. Aquí esperas a
que te rescate un elefante o pare la riada. Con mucha paciencia. Sin mucho
ruido.
En el templo de
Doi Suthrep, ya en Chiang Mai, miro a un buda en silencio. En su mirada
reverbera todavía el gesto de un joven monje que da de comer a un perro
callejero de su mano. En el parque de Lumpinee, ahora, hace ya diez años, en
Bangkok, un ladyboy me sirve una
ensalada de arroz frito y me sonríe tímida. Me mira fijamente y se va. ¿Qué es
el Otro me pregunto mientras ella clava su pupila oblicua en mi pupila? ¿Qué es
el otro, te preguntas? El Otro soy yo.



