Postal 6: River Cam, Cambridge


Las mañanas más frías y desangeladas que recuerdo son las del YMCA del Parker's Piece, desayunando magdalenas duras y café frío a las 5.00 de la madrugada, casi a oscuras, para ir a remar en el Cam junto a siete compañeros del equipo de la Cambridge College of Arts and Technology. La embarcación de banco móvil era un outrigger de 17 metros, y la timonel una estudiante mínima de económicas. En secreto me confesó que le encantaba ser paseada por ocho tipos somnolientos a través de la bruma, el sudor y el olor a algo que parecía ser una refinería de caucho. Minuciosamente, colocábamos los remos en sus chumaceras colocadas fuera borda sobre portantes. Yo hacía de stroke o de séptimo remo. Pocas veces fui el Fuel Tank, Engine Room, Power House o el Meat Wagon. Estaba demasiado escuálido. En el silencio de la mañana, podías escuchar la tripulación del Caius, del Madeleine o del King´s college poner los pies en la pedalinas, ajustarse las cinchas, empuñar el remo y esperar el grito de su timonel. Una vez en el agua, el esfuerzo desacompasado de los ocho cuerpos se iba puliendo con la navaja helada de la mañana hasta sentir que los carros se deslizaban por las vías a una. A cada palada el outrigger parecía gruñir para luego silbar un sonido imperceptible. Entonces se producía la música. A remos callados, totalmente en silencio, nos deslizábamos a golpe de palada única como un diamante rajando un espejo. Y la mañana silbaba entre los sauces. En silencio de vidrio.
Fue en aquel tiempo, durante los días gélidos de invierno, cuando conocí a Lydie, la parisina. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Andaba como un gato y sus infinitos tirabuzones se enredaban entre sus erres mal pronunciadas.  En el descansillo mal iluminado del YMCA me pidió que fuera a su habitación y que la sodomizara (she loves her ass comentaba Matt). Yo le dije que no. Que no era mi tipo. Dos días más tarde me invitó a escaparme con ella a París y dejar que se nos corriera el semestre entre sábanas y papel de váter.
Nunca la volví a ver.
Esa noche, a solas, me declaré imbécil y juré jamás volver a pisar la ciudad del amor.

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