Doi Inthanon. Tailandia. 2002.

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En la butaca 33H una señora inglesa de pelo rubio-cano y que viaja sola pide una taza de té, solo. Sólo tienen té verde y té rojo. La señora me mira y me pregunta porqué esta gente no tendrá té normal. ¿Qué es normal cuando sobrevuelas otra latitud? De entre los árboles de teca y el frondoso bambú la riada roe la jungla a grandes quijadas. El monzón ha irrumpido sin avisar y ha cortado el paso a las campesinas acompañadas de sus niñas colgadas a hombros.  Y a los turistas. Después de varias noches en las aldeas de los Karen, los Lisu y los Akha, entre la frondosidad de Doi Inthanon y la frontera birmana, nuestro guía se ve forzado a parar la marcha y a esperar que la lluvia cese. Ni el dragón Naga, erguido, podría amedrantar a la diosa Thurani, que no deja de regar la tierra estrechando el extremo de su trenza. I told you big water come. Now wait here, maybe sleep here que dice Wan, mientras se enciende otro cigarrillo de tabaco y opio. Los poblados están a punto de desaparecer. Solo el turismo los puede salvar. Es la única manera de que entre dinero, me comenta Sukrep en casi perfecto inglés. En las aldeas solo quedan abuelos y niños. Como Pong o como Na, que recorren dos horas diarias para ir a la escuela más cercana y descubrir que el maestro ese día no vendrá porque le han cortado la carretera. Los jóvenes y los adultos se desplazan a la ciudad para hacer dinero sin mucho esfuerzo. De aquí a diez años seremos pasto de la jungla. Las raíces carcomerán nuestras casas y nuestras vidas. De esa conversación hace una década. Me pregunto qué será de Sukrep y de su selva ahora. 

De la incesante lluvia se levanta una capa de bruma que lo empaña todo de Salgari. Los minutos se suceden y las lenguas de una agresiva agua rojiza culebrean a nuestro alrededor. El mojado silencio se rompe, violentamente, por el sordo chasquido de los enormes troncos de bambú. Todos nos miramos y dirigimos nuestros ojos hacia la arboleda. Bengal tigers? Se ríe Wan. De entre la bruma aparecen cuatro monstruos paquidérmicos azules. Nadie da crédito. Con paso lento los elefantes destrozan todo lo que tienen a su alrededor para llegar a los turistas embobados, en nuestra isla de hierba y barro. Cuatro niños vestidos de Beckham guían a los animales, que van pescando náufragos en este océano verde de lianas y vapor. Ancianas, críos, cestas, gallinas y turistas colgamos de estos gigantes móviles durante un viaje eterno que acaba en la aldea de los Palong, que nos recibe oscura pero con el halagüeño olor de una hoguera. En nuestro meridiano 0, cuando las tormentas arrecian y llenan el cemento de torrentes de agua gris, se disparan todas las alarmas, los semáforos se declaran en huelga y todo el [primer] mundo, empapadito, entra en pánico. En nuestra latitud es lo normal. Aquí esperas a que te rescate un elefante o pare la riada. Con mucha paciencia. Sin mucho ruido.

En el templo de Doi Suthrep, ya en Chiang Mai, miro a un buda en silencio. En su mirada reverbera todavía el gesto de un joven monje que da de comer a un perro callejero de su mano. En el parque de Lumpinee, ahora, hace ya diez años, en Bangkok, un ladyboy me sirve una ensalada de arroz frito y me sonríe tímida. Me mira fijamente y se va. ¿Qué es el Otro me pregunto mientras ella clava su pupila oblicua en mi pupila? ¿Qué es el otro, te preguntas? El Otro soy yo.


1 comentario:

  1. No sé muy bien cómo he llegado a este blog, pero cuando ya llevaba un rato por aquí me he dado cuenta de quién era el autor.
    Sin duda un punto de vista muy interesante,
    saludos.

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