Las aguas de
un azul imposible escupen un mundo llano roto en islas. Escollos habitados por
titanes azotados por tramontanas y mistrales de otoño. Ensimismados por el
tórrido xaloc estival.
Entre los
islotes de este estrecho mar de freos se alza una columna de mármol con aparato
luminoso de cuarto orden de lámparas fijas. Su luminosa cadencia avisa no tanto
de los peligros pétreos que se esconden bajo las planas quillas que a ella se
acercan. Mas bien, nos alertan, mientras la proa apunta a la menor pitiüsa, de los peligros de abandonar las
firmes lajas de la razón por las movedizas quimeras de la salada carne y el
desnudo sol.
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