No hay terreno más liminal que un faro. Eugenio Linares, farero del de Estaca de Bares en Galicia da buena fe de ello. El que vive en el faro vive aislado sabiendo que él es el último hombre de la tierra, el primer hombre del mar. O al revés. Ni de aquí ni de allá. Un farero ni siquiera está entre dos aguas, como Paco de Lucía. Ni entre dos tierras como Bunbury. El hombre del faro pende como pendía el marinero antes de ser corrido por la plancha. Between the devil and the deep blue sea que dicen los ingleses. Pendiendo con la muerte. Pendiendo en silencio. Pendiendo del olvido.
Sólo cuando ruge el mar y cruje el cielo desgarra el faro el silencio. A zarpazos. Javier Pérez de Arévalo, último farero de la Mola en Fomentera se levantó un día tarareando el “cuarteto de mi vida” de Smetana. El movimiento de cuerdas del compositor checo rondaba y rondaba toda la mañana en la cabeza del farero. La tarareaba al revisar las lentes de Fresnel. La tarareaba al otear hacia el Sur Sureste viendo la marejada ataviándose de plomo. La tarareaba lavando unos tomates cuando una descarga de treinta mil amperios y un aullido ensordecedor engulleron la torre de luz. Javier notó la descarga saliendo del grifo y el alma saliéndosele de la bregada cabellera blanca. Al recuperarse del chispazo, el farero tomó aire y, temblando, se sentó. Se secó las manos lentamente con un trapo gris roído por el invierno. Encendió el transistor y sonó el “cuarteto de mi vida” de Smetana. El farero entendió que la muerte, o la vida, había estado susurrándole al oído toda la mañana el encuentro inesperado. Y que él volvería a nacer. Para suerte de Javier, su alma todavía quedaba pendiendo de aquella torre blanca. Bastión de amparo en la tempestad.
70 años antes, Pepe Gradaille también tuvo un encuentro con la muerte pero esta vez fue él el que hizo de Caronte salvando un alma. Pepe rompió las reglas de la laguna estigia. Quizás por ello nunca quiso volver al faro tras su jubilación. La noche del 11 de mayo de 1944 una gran bola de fuego iluminó el faro de la Mola. Un bombardero alemán JU-88 que acababa de asaltar un convoy UGS40 aliado en el cabo Bengut (Argelia) tocó con el ala en el mar después de realizar un vuelo bajo para evitar ser captado por radares. Las olas desestabilizaron el avión y éste hundió súbitamente la nariz envolviendo la noche en un estruendo de gasolina en llamas. El unteroffizzierLeopold Reinegger y el gefreitterJosef Zerik murieron en el acto debido al fortísimo impacto contra el timón de pilotaje. Un tercer aviador, Heinz Zowinski, había logrado zafarse del arnés de seguridad antes de que el avión prendiese en llamas y desapareció en la oscuridad del mar nocturno. Desapareció para siempre. El único superviviente, el miembro del escuadrón Kampfgeschwader, conocido como el ‘Escuadrón de los Leones’ por el animal que ilustraba su insignia, logró hacerse con el bote salvavidas de fortuna, una pistola lanza-bengalas con dos proyectiles y saltó al vacío entre las llamas. El monstruo de hierros, cristal y fuego se hundió como un dragón hijo de Caribdis embalsamado en gasolina y furia. El bote quedó a la deriva con un oficial de la Luftwaffecubierto de carburante y salitre.
El farero, que desde su torre inaudita vio como si el mar prendiera, bajó sin aliento a por un lugareño con bote. Al llegar a la caseta paupérrima de Pep de Ca’n Jaume, éste le dijo que necesitarían dos hombres más y una embarcación más grande si querían rescatar la tripulación de un avión de guerra. Y así juntos fueron a por la xalanade Tomeu de Ca’n Puig y saltaron al vacío de la noche guiados intuitivamente por el intermitente destello del faro, el olor desecho a carburante y una leve columna de humo que se confundía con la Vía Láctea. Los tres formenterencsempuñaban los remos mientras el farero Pepe, armado con un candil, ponían la proa hacia la nada. La escena tenía toda la carga estética de un poema de Novalis. El mar había engullido todo rastro de luz. El gigante amasijo de avión planeaba en la profundidad dejando una estela luminiscente de burbujitas de plata y silencio. Invisible en el mundo de los vivos. Entonces el cielo se iluminó con una detonación sorda de color naranja. Una bengala devolvióal piloto a la vida. En la negrura flotaba una balsita inflable con un cuerpo abandonado y cubierto de combustible negro que, al sentir las manos que lo sujetaban y lo trasladaban a la vida, murmuraba: ich bin Kamerad, ich bin..., ich bin. No sabían si era amigo o enemigo. En el mar solo hay supervivientes. La ley es salvar la vida. No sabían si estaban a trescientos metros o a dos millas de la costa, pero no dejaron de remar hacia Cala Codolar como si a cada palada de remos le fuera dada una inhalación de vida a la extraña captura. Karl-Heinz Eiche, repleto de quemaduras y un golpe traumático en su vientre y bazo se recuperó bajo sol de mayo mediterráneo antes de ser enviado de nuevo a Alemania, unos meses antes de acabar la guerra. El gigante piloto alemán vio sacar dos de los cuerpos de sus camaradas que, hinchados por la putrefacción y la salitre, parecían dos focas monje, dos vells marins varados y atrapados en redes de pesca con la cruz gamada en lo que quedaba de pechera. Eiche dejó la isla y nunca regresó. Odiseo tampoco regresó a la isla de Ea. Las conversaciones con los muertos quedan con los muertos. Pasados los años Eiche se refirió a los isleños que le rescataron como “el cuarteto de mi vida.” El farero, a su vez, recibió un cheque de mil pesetas del Agregado Aéreo de la Embajada Alemana en España. Los tres marineros de Formentera se quedaron con la historia que, con el paso del tiempo, se deshilachó como una red roída en un pantalán abandonado hasta que el periodista J. M. L. Romero la recuperara para El Diario de Ibiza.
El Faro de la Mola, desde sus ciento cuarenta y dos metros sobre el mar, ya no cobija a ningún farero. Destella a la perfección cada cinco segundos que ilumina en 16 millas náuticas, dando hálitos de confort programado y geolocalizado, a las embarcaciones que doblan el cabo de la Mola. En el 2001 se automatizó para siempre, privando a cualquier mortal de la oportunidad de desafiar las leyes fronterizas que separan el mar de la tierra. La rutina diaria del acto heroico. La vida de la muerte. La pantalla de la mirada infinita. El control aséptico de la llama que nutre al mito.



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