Entre los más grandes de la montaña


Cuando vives en una isla mediterránea cuya mitografía la condena al glamour de las playas y a la conquista de las altas cumbres del olvido etílico, el caminante local busca mitos fuera de ella. Antes, por supuesto, de que Tòfol Castanyer ganara el Mundial de Carreras de Montaña, de que el entrañable Tolo Calafat nos dejara cerca de la cima del Annapurna o de que el gran y más que humano Miquel Riera, padre del psycho-block, nos enseñara que uno también se hace inmortal en las paredes más verticales que nacen del mar.
En el invierno de hace ya unos años, D (mi compañera de viajes) y yo decidimos abandonar el vacuo espíritu neo-navideño y el estruendo consumista por el más amplio silencio del Atlas y del Jebel Toubkal. Contactamos con el guía bereber Omar a través de la Federación Francesa de Montaña y durante doce días nos enseñó (con su burra siempre a dos pasos) el valor del papel de váter (que no tuvimos en todo el camino) y de una ducha (igualmente nula en dos semanas a una temperatura media de 4C a 9C).  
En dos semanas de plácidas y gélidas caminatas aprendimos a vivir a través del reductio ad absurdum. Lo esencial es muy poco. Y de tan poco que es, no muchos lo ven. La buena conversación es uno de esos esenciales y a los diez días de hablar con D de todo lo hablabiscible en el universo, y de no ver a absolutamente a nadie, nos encontramos con el extraño caminante.
Habíamos llegado desde la aldea de Tizi Oussen, quebrada arriba, hasta la cascada helada de Irhoulidene. La cascada de hielo cerraba el camino y daba paso a paredes verticales de mil metros de piedra y hielo. ‘Nosotros no material. Aquí volver’ Nos dijo Omar. ‘Nadie subir aquí en invierno’. Inusitadamente, en una concertina de chasquiditos metálicos, frufrús de polainas y crepitaciones en la nieve, una figura sonriente de oreja a oreja nos saludó en francés saliendo de un recoveco de la pared: Bon jour! 
¿De dónde había salido semejante tipo que, por el aire distendido que emanaba, tendría que haber ido en bata y pantuflas en medio del hielo en vez de ataviado de vagas y mosquetones. ‘¿Agua?, ¿tenéis agua?’ nos pregunta en castellano el extraterrestre de los hielos. Semejante Shackleton se merecía agua y más. Así que le ofrecimos mandarinas y le exigimos una historia. 

Fran, que se llamaba, había quedado con un amigo para hacer algo especial en Nochevieja (la noche anterior al encuentro). Cogieron un coche desde Burgos y se plantaron en Marraquech en un día. Y de ahí a las montañas del Atlas. Su plan era ascender por la cascada de hielo y pasar la noche en el refugio Lapiney, a unos tres mil metros de altura. Absolutamente verticales. Al día siguiente subirían hasta la cima del Toubkal por la cara oeste. Como habían planeado, subieron por la escarpada pared con piolets de hielo y crampones. Al llegar casi de noche al refugio, a 4C bajo cero, descubrieron que no solo estaba cerrado sino que no había señal de vida del guardián con el que habían quedado para abrirles y cocinarles la cena. ¿Se habría despeñado por una canal de hielo? ¿Se amilanó y decidió que en esas condiciones ningún turista subiría por las entalladas paredes de hielo? Sea como fuere, Fran y su compañero, exhaustos y helados, decidieron que no había vuelta atrás con la noche encima. De algún modo forzaron su entrada al refugio, se zamparon todas las barritas y chocolate que llevaban encima y celebraron su suerte con una sonrisa en la boca. Qué mejor manera de celebrar la entrada del año: brindando con un gel y haciendo la cucharita con tu compañero de cordada mientras el mundo se cubre de hielo y silencio.
Con los primeros rayos de sol del nuevo año, se desentumecieron como pudieron, desayunaron de migajas y agua, miraron hacia la cima del Toubkal y decidieron lo siguiente: Fran descendería por la chimenea que llevaba a la cascada. Su compañero seguiría solo desde el refugio hasta la cumbre con alguna barrita y agua. Se verían al caer la tarde en la aldea de Imelil cerrando el círculo en el mapa.
En este momento Omar, que había tornado pálido al intentar seguir la historia de Fran, rompió en elocuciones entrecortadas en un esperanto bereber: “!Majnun! ¡Maijnun! ¡Vous etes loco! ¡No turistas en invierno! ¡No turistas! ¡Tu loco! ¡Tu amigo morir! ¡Tu amigo no subir!”.
Demasiado tarde”, espetó Fran, “mi compañero es un poco cabezón. Pero no se preocupe. Sabe lo que hace.” Y se comió el último gajo y decidió acompañarnos camino abajo mientras Omar hablaba a la burra de la inconsciencia del turista moderno. 
“Esto es un verdadero regalo” nos dijo Fran a D y a mi mientras dejábamos el anfiteatro helado a nuestras espaldas. “¿Sabéis? El verdadero lujo en la montaña es estar solo y en silencio. Parece lógico pero no lo es. Tengo la sensación de que en el Himalaya esa sensación se ha perdido. Vayas donde vayas hay gente. Es imposible estar solo. Y aquí, que estás a lado de casa, puedes pasarte días sin ver a nadie. Ni siquiera al guía que te tenía que abrir el refugio” ríe el burgalés. “A veces el tesoro lo tenemos al lado de casa y no lo vemos”. “Si, si, al lado de casa…pero, ¿has estado escalando en el Himalaya?” Le interrumpo. “Un par de veces. Subí al Cho Oyu en dos ocasionespero nada muy complicado. Lleno de gente. ¿Y vosotros hacéis mucha montaña?” La pregunta era como un envite al que se debía responder con un órdago. “Hombre siendo de una isla lo tienes difícil, pero hacemos nuestras cositas. Además, viene gente muy preparada. El otro día estuve escalando en Sa Gubia con Alberto Iñurrategi, el que ha subido los catorce ochomiles, ¿sabes de quién te hablo?” Una situación de altura demandaba nombres de altura. Vale. Nunca cordé a Iñurrategi. De hecho nunca lo vi escalar. Pero sabía que estaba a dos sectores de mi vía mientras yo abría un triste cinquillo. 
Fran arrolló la conversación con una desbocada carcajada. ¿Pero que me estás diciendo? ¿De verdad os conocéis? ¡No me lo puedo creer!” D tampoco. Ese nombre tan raro no lo había oído en su vida y creía conocer a todos mis amigos. Hasta los raros. “Ya sabes” añadí yo sabiendo del calibre de mi bala (de fogueo) “el mundo de la montaña es muy pequeñito. Nos conocemos todos”.Me giré para mirar si mi órdago había hecho efecto en la sorprendida cara de nuestro acompañante ocasional.
“Alberto es mi compañero. El que ha dormido esta noche conmigo y se dirige a la cima del Toubkal. Ahora lo podrás saludar cuando lleguemos a Imelil. No me digáis queno es una fantástica casualidad. ¿Qué os decía de los lugares sin gente?  Están llenos de sorpresas” 

En ese momento me torné del no-color lívido de la nieve, y riachuelos de sudor frío inundaron mi frente.  “Esta noche podremos cenar juntos y brindar por la amistad y la casualidad” Dijo Fran. D quiso añadir y por   la bravuconería y la ficción” pero, afortunadamente, no había aprendido esas palabras en castellano todavía.  Los minutos sucesivos los recuerdo mudos. Mudos como la bruma suspendida en los corredores de la montagne Abandonné. Mudo como el vuelo de la chova en la gélida altura. Mudo como los Gasherbrum en invierno. 
Hasta que la segunda figura del día pintó de color el blanco valle y salvó mi más que dudosa reputación. Era el guarda del refugio de Lepiney que subía cargado de utensilios y saquitos de comida y combustible camino arriba (un día más tarde de lo esperado). Nos dimos el Salam Aleikum de rigor y Omar se le abalanzó para contar que un turista descerebrado y sin conocimiento estaba subiendo solo a la cima desde Lepiney. Que iba a llamar a los gendarmes y al ejército para que lo rescataran y después para que lo arrestaran por poner a todo el mundo en peligro. “Omar, Omar, Yala! Yala!” Le dije yo. “No lo entiendes. El turista que ha subido, sabe lo que hace. Ha subido las montañas más altas y peligrosas del planeta. A estilo alpino. Podría ir solo a la luna y volvería cantando”. En ese momento Omar decidió que estaba harto de gente loca en la montaña y fustigó a la burra camino abajo. Fran se despidió de nosotros. Queríatener una palabras con el guarda antes de seguir y nos dimos los tres un fuerte abrazo. Prometió buscarnos en Imelil para ir a cenar y me dio un último consejo. De montañero a montañero: “Esas gafas de sol que llevas son una mierda. Cómprate unas con protección de verdad. No quieres quedarte ciego en un glaciar. Nunca lo volvimos a ver y a Alberto Iñurrategi tampoco. 
D y yo acabamos nuestras dos semanas de periplo por el silencio polvoriento y helado del Atlas en Marrakech. La plaza Jamaa El Fna nos devolvió de un revés todo lo que creímos haber dejado atrás: la ensordecedora humanidad. Supe que ese mismo año Iñurrategi intentó escalar El Ogro (7285m. Karakórum) en Pakistán. A Fran le perdí la pista pero creo que dejó de lado la carrera de las cumbres bulliciosas y la competición por ver quién ha subido a lo más alto. Lo cambió por la espeleología. Quizás la decidió que la última frontera del silencio y la soledad yacía en las profundidades. Quizás para saber realmente quienes somos y encontrar lo esencial no tengas que descender a ninguna cueva o ascender ninguna cumbre. Basta con adentrarte en las oscuras simas de uno mismo. Enfrentarte a ti mismo a sabiendas que lo que puedes encontrar puede asustar o asquear. Y salir limpio de la empresa. Honestamente. Sin ficciones ni mitos. Esencial.
Por lo pronto, yo me prometí no hablar nunca más de la cuenta. Y me compré unas gafas de glaciar de nuevas. 


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