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Postal 6: River Cam, Cambridge


Las mañanas más frías y desangeladas que recuerdo son las del YMCA del Parker's Piece, desayunando magdalenas duras y café frío a las 5.00 de la madrugada, casi a oscuras, para ir a remar en el Cam junto a siete compañeros del equipo de la Cambridge College of Arts and Technology. La embarcación de banco móvil era un outrigger de 17 metros, y la timonel una estudiante mínima de económicas. En secreto me confesó que le encantaba ser paseada por ocho tipos somnolientos a través de la bruma, el sudor y el olor a algo que parecía ser una refinería de caucho. Minuciosamente, colocábamos los remos en sus chumaceras colocadas fuera borda sobre portantes. Yo hacía de stroke o de séptimo remo. Pocas veces fui el Fuel Tank, Engine Room, Power House o el Meat Wagon. Estaba demasiado escuálido. En el silencio de la mañana, podías escuchar la tripulación del Caius, del Madeleine o del King´s college poner los pies en la pedalinas, ajustarse las cinchas, empuñar el remo y esperar el grito de su timonel. Una vez en el agua, el esfuerzo desacompasado de los ocho cuerpos se iba puliendo con la navaja helada de la mañana hasta sentir que los carros se deslizaban por las vías a una. A cada palada el outrigger parecía gruñir para luego silbar un sonido imperceptible. Entonces se producía la música. A remos callados, totalmente en silencio, nos deslizábamos a golpe de palada única como un diamante rajando un espejo. Y la mañana silbaba entre los sauces. En silencio de vidrio.
Fue en aquel tiempo, durante los días gélidos de invierno, cuando conocí a Lydie, la parisina. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Andaba como un gato y sus infinitos tirabuzones se enredaban entre sus erres mal pronunciadas.  En el descansillo mal iluminado del YMCA me pidió que fuera a su habitación y que la sodomizara (she loves her ass comentaba Matt). Yo le dije que no. Que no era mi tipo. Dos días más tarde me invitó a escaparme con ella a París y dejar que se nos corriera el semestre entre sábanas y papel de váter.
Nunca la volví a ver.
Esa noche, a solas, me declaré imbécil y juré jamás volver a pisar la ciudad del amor.

La Roca (pregrinatio Sancta Petra)


Pero en este país inquietante, tal como he aprendido hasta el momento, es más fácil desechar lo superfluo e intentar alcanzar lo infinito.  Te quemarás con seguridad, la carne se despegará de tus huesos, probablemente te torturarás de mil maneras horribles y primitivas, pero descubrirás el genio que siempre sospechaste que te poseía y del que nunca confesarás tu miedo.
                                                                                                             Patrick White, Voss.

¿Cuánta mierda tengo que limpiar antes de llegar al destino sagrado? ¿Cuál es la máxima exposición solar que puede aguantar el cráneo de una persona antes de encerrarse durante horas incontables en una jaula móvil junto a los animales salvajes de su misma condición? ¿Cuántas moscas debo comer por descuido antes de postrarme ante la belleza divina de la meta?  Y fundamentalmente, ¿sabré comportarme y estar a la altura de la circunstancia litúrgica cuando al fin, tras el arduo y extenuante recorrido, postre mi sudoroso y compungido cuerpo ante La Roca?
Después de casi tres años viviendo en el continente austral, poco importa que haya plantado cincuenta y ocho árboles nativos para frenar el avance de la lantana a las orillas del riachuelo Terrania; que haya tenido un hijo en el hospital más antiguo de la ciudad; que algunas de mis alumnas se hayan tatuado alguna de mis frases en la espalda. Eso es de importancia nimia y no interesa. Mi periplo por Australia es vacuo y sin sentido si, por el motivo que fuera, vuelvo a casa sin haberme sacado una foto con su corazón pétreo de fondo: Uluru, símbolo único, esencial y reconocible de tan extenso país. También carece de importancia el hecho de que el 90 por ciento de su población viva a más de 2000 kilómetros de éste.
A diferencia de los pioneros Burke, Wills o Leichhart, yo prefiero hacer mi peregrinación sagrada al extenso outback ligerito de equipaje. Eso sí, como todo mesías que atraviesa su desierto personal debo llevar a mi pueblo conmigo. Incluyendo niños llorones y suegros. La auto-caravana más grande del mercado se presenta como la mejor opción.
El segundo problema que se anuncia es el de la distancia. Se pueden atravesar dos mil doscientos cuatro punto cuatro kilómetros de absoluta nada desértica en auto-caravana. Lo más probable, sin embargo, es que lleguemos a nuestro destino con cinco querellas, una petición de divorcio y dos intentos de parricidio en dominó. Así que, como los malos estudiantes, mejor nos saltamos los capítulos más importantes del libro y nos plantamos en un plis plas de tres horitas (que pasan volando en Qantas) en Alice Springs. Ahora solo nos quedan quinientos veintitrés kilómetros para nuestro destino.
De buena mañana nos ponemos en ruta horizontal a través de un plano panorámico de dos colores (azul y rojo) con carretera como hilo conductor. Kilómetros y kilómetros de matorral. Un águila al margen de la carretera descuartiza el pellejo seco de una alimaña. A Lulu le están saliendo cuatro molares a la vez y Pep quiere escuchar por vigesimoséptima vez waltzing matilda en el iPod. 
Horas pasan.
Horas.
Pasan horas.
En la gran carretera australiana el tiempo se funde con el espacio y son uno. Es lo más cerca a lo que nuestra cultura motorizada y vertiginosa puede estar de la mágica concepción aborigen del tiempo de sueño, en donde paisaje, tiempo y canción se funden en uno. La diferencia reside en que la convergencia de tales elementos, en la concepción indígena, se forma en cada detalle mínimo del espacio, gradualmente, construyéndose, a ritmo de verso. En nuestro caso, la velocidad y el infinito del horizonte plano nos dan esa incorporeidad absoluta. Con olor a asfalto y a diesel.    
Los kilómetros pasan y los niños juegan en el asiento de atrás. Dicen que son cocodrilos.
Los signos de las pocas gasolineras que funcionan como postas en el camino, nos recuerdan que cada vez estamos más cerca del destino sagrado. La gasolina es más cara e infinidad de postalitas y posters de Uluru te asaltan de camino al servicio. Uluru con canguro, Uluru con puesta de sol, Uluru con tía buena encima de camión, Uluru de día, Uluru de noche (postal totalmente negra), Uluru al revés (down under), Uluru en cómic, Uluru, Uluru, Uluru. El nombre sagrado reverbera en la cabeza, Uluru, Uluru, hasta el punto que el subconsciente dispara fogonazos de inexistentes rocas corpulentas, como molinos convertidos en gigantes, en un paisaje yermo y plano. Juegos de una mente achatada por la distancia y la horizontalidad del camino.
Suena la canción de Bob Dylan I want you I want you I want you cuando esta vez, en verdad, una protuberancia rojísima rompe la nada. Mi suegra se pelea con la cámara que se le escapa aullando por entre las piernas. Di intenta capturar la primera imagen para la memoria de entre las lomas saltarinas. Yo la he perdido. ¿Pero dónde demonios está?  Los enanos ahora son águilas y trenes.
¡Allí! ¡Miradla! La roca entra a borbotones de color sangre por las ventanas de la auto-caravana.
Pero no será hasta el día siguiente que vayamos a postrarnos ante ella.
El día llega con lluvias y cielos tirabuzonados de nubarrón.
Los vecinos del cámping esputan maldiciones y malos presagios durante el desayuno. Pero si solo llueve cuatro días al año y encima nos toca a nosotros. Y ahora qué pasa con la foto. Y con el rojo national geographic. Pues yo me quedo en el cámping que por lo menos hay pista de tenis y tragaperras. Maldita roca del demonio. Maldita lluvia.
Nosotros sí que vamos, digo con el bacon calcinado en mis tenazas.
La aproximación por la carretera te descubre metro a metro al gigante durmiente que parece erguirse a medida que uno se aproxima. La lluvia cae por sus lomos y pozas suspendidas. El rojo ya no es rojo sino vino terroso con vetas de plata. De hecho toda la roca parece de plata y hierro oxidado. Un pequeño grupo de caravanas se agrupa en el párquing de Mala Puta. Más allá de este mirador, la gente no se aventura a mojarse. Yo siento un picor irremediable en los pies y el bajo vientre. Me tengo que poner las zapatillas y correr alrededor de la sagrada figura pétrea.
¿Es esta una extraña manifestación de su fuerza telúrica? ¿le entran a uno ganas de correr? ¿qué coño me pasa? ¿es quizás la insoportable vastedad del desierto lo que da alas a mis pies? ¿Qué dirán los espíritus ancestrales del gilipollas vestido en mallas que decide, bajo la lluvia, circunvalar este universo de roca prensada y canción? ¿es el mío un sacrilegio máximo y seré poseído por el mezquino espíritu del possum? ¿Alcanzará la maldición a mi familia convirtiéndolos a todos en spinifex?
Mis pies no pueden parar. Mis ojos no pueden separarse de la ondulante figura que escupe el canto de cascadas invisibles y de historias fantásticas que yo nunca podré ver como la batalla entre Kuniya, la pitón woma, y Liru, la serpiente venenosa.
Por el camino me encuentro tiradas dos pilas alcalinas oxidadas. Esa es la clave. Es una prueba de la Gran Sierpe. El encuentro con la intromisión moderna. Sabré responder como el manual de los jóvenes castores exige. A la naturaleza lo que es de la naturaleza. A la basura lo que es de la basura. Recojo las pilas oxidadas para arrojarlas a un cubo y los espíritus me lo agradecerán. Ahora sí puedo pasar.
Sigo la travesía vadeando cotos vedados al turista. Puntos sagrados y secretos en los que la entrada está vetada. También está prohibida la apropiación del lugar mediante la fotografía. Yo paso de puntillas, de lejos, en silencio. No hay nadie conmigo. Sin embargo percibo una extraña presencia palpitante. Serán las pilas oxidadas que hacen cortocircuito con la energía telúrica. No sé qué es pero después de unos kilómetros en absoluta soledad y bajo la lluvia, la roca se empieza a hacer móvil, a presentárse de miles de formas móviles. Va cogiendo formas humanas y animales. La vulva gigante del lagarto Kandju me amenaza. Miembros rocosos de hombres serpiente se anuncian entre hilillos de agua de argento. El paisaje se ha antropoformizado. Los dedos estriados de Lungkata, el lagarto de lengua azul me quieren agarrar. La piedra está viva. La Roca me habla. No sé qué me dice pero me habla. Oigo el sibilino y constante silbido de la serpiente. Corre. Escucha. Corre.
Estas visiones me perseguirán durante todo el viaje.
Llego a circunvalar el mazacote sagrado y me encuentro, empapado y extenuado, con la auto-caravana que me espera de brazos abiertos y toallas extendidas. Tiro las pilas maléficas. Intrusas del siglo alcalino.
Ducha caliente, sopa caliente y a reponer energías. Es sólo una roca. Una roca grande, me digo. Solo es una roca.
La lluvia cesa y el sol anuncia otro espectacular ocaso. Poco a poco, los cámpings se vacían y los párquings-mirador se llenan para el espectáculo inminente. La Roca vuelve a ser benevolente y regala, desde la fotogénica distancia, otra espectacular fotografía. Todos posan delante de ella. Se postran. Descorchan vino blanco Oyster Bay. Se retratan con Uluru a la espalda y con peluche en brazos. Todo vuelve a la sólida seguridad de la postal.
Foto foto foto foto foto foto y, por si acaso, otra foto. Ésta sí que es Uluru.
Nuestra auto-caravana pone rumbo a Kata-Tjuta y deja un fabuloso enjambre de admiradores y aduladores new-age. En la distancia pareciese que ellos también forman parte de las ondulaciones y estrías de la gran Roca.
Atravesamos un gran plano oscuro y repostamos en una somnolienta gasolinera. Unos aborígenes sorben sin ganas ni interés unas gaseosas de naranja mientras miran a Karl Stefanovic en el Channel 9.  Qué historias salen en la tele. Detrás del contador un poster gigante de Uluru y puesta de sol eléctrica nos acompaña a la salida.
Niños, dejad de pelear y subid a la auto-caravana.  Digo.
Papá, no peleamos. Yo soy un lagarto y Lulu un tractor. Me ha robado tres huevos y ahora me lo voy a comer.
 Los desafíos del desierto ya no suponen para el turista lo que suponían para los primeros exploradores y colonos que se adentraron en este desierto. Los desafíos del desierto ni siquiera suponen hoy para el indígena lo que suponían hace cien años. Hoy, los turistas, tenemos desafíos altamente más complicados. Retratarnos bajo un paisaje idílico que esté a la altura de una portada Lonely Planet. Decir yo he estado allí sin que la voz delate un atisbo de emoción. Mirar cara a cara al objectivo de la cámara y esperar que la puesta de sol sea, por lo menos, tan electricpink como la del póster. Formar parte de esa tan selecta y gran familia anónima de visitantes espirituales que peregrinean al corazón pétreo en busca de ilumunación de algun tipo. Y recoger los bártulos hacia otra dirección después del retrato.
Mierda. Coño. Me acabo de dar cuenta de que no me he hecho ninguna foto con Uluru. ¿y ahora cómo testifico que he estado aquí? No pasa nada. Es solo una roca. Compraré una postal. Solo es una roca.
                                                   O no.



Postales 5: les altres latituds

Porta´m, vent de mistral, a les altres latituds. Infla la meva gàbia i fés cantar totes les quadernes. Omplim el motor d´Eurosuper sinPlomo i fiquem gas. Creuem les fronteres de les Àsies sense bitllet i menjem rollitos de veres a Tiananmen.
Timbuktú, Assuan, Carachi, Formosa, perles de Càncer.
Travessem les autopistes del cel menjant entrepanets de tonyina i robant tassonets.  Deixau-me tornar-hi sentir els trons a la mar del Corall. Rosalia, Cusco i Veracruz. Cienfuegos, Sucre i Tucuman. Anar en bicicleta per Ayutthaya sense mans quan el monsó  escup vanilla i lemongrass.
Ai! Malekula, Pentecost, Fiji, Samoa, Tonga, filles del tauró, portau-me les altres latituds.

Postales 4: Tizi Mzik, Atles del Marroc

Les veus i els ressons de les oracions del muetzí formen, quan s´entremesclen, el complicat disseny d´un mantell diví que, com l´ocàs, cobreix la vall que travessam. Amb recolliment, els poblets sota els fills de fum es preparen per trobar-se amb el Misericordiós dels 99 noms.

Postales 3: Oslo Frogner Parken

Georg Löwengren era un home exemplar i un monstre de la astrofísica. Va néixer i creixer a la mansió de son pare, director del observatori universitari de Copenhagen, envoltat, des de petit, de científics, ajudants i becaris. Georg publicà el seu primer paper científic als 14 anys. Als 21 ja era doctor i tenia la seva plaça a la universitat. Al poc temps es casà i tinguè una vida normal. Normal per a un brillant astrofísic, es clar.
Tingué fills i filles. Investigava, feia de marit i de pare de manera recta. Només la tia Antje els ajudava de tant en quant amb la casa i les investigacions estelars. Sobrevisqueren la Segona Guerra Mundial i es convertí en el director del observatori Brorfelde. Les horabaixes de l´estiu boreal, la família anava al llac a nedar. En Georg duia les tovalloles però sempre se´n tornava. No li agradava l´aigua. S´estimava més les estrelles. 
Cansat de la poca financiació al seu país, la seva família i ell es mudaren als Estats Units. Allà ocupà l´oficina de´n Albert Einstein al Institut d´Estudis Avançats de Princeton.  Tothom li assenyalava com a el possible proper premi Nobel. Però a l´astrofísic, fora de casa, ja no li brillaven els ullets. Trobava a faltar el llac de l´estiu al xalet boreal. Al cap de deu anys, se´n tornaren a Dinamarca i retrobaren la seva petita vida estelar.
El 1987 en Georg morí. Al funeral, l´esposa de´n Georg i la tia Antje eren les que més ploraven.  L´eminent astrofísic, a la seva vida, havia descobert les famoses esferes estelars Löwengren i el sistema fotomètric Löwengren. El que mai no explicà, emperò, és com un satèlit pot fer voltes simultàniament al voltant de dos planetes durant anys sense que ningú ho sàpiga. El secret romandrà a una cambra d´un xalet a la vora d´un llac del nord.

sueño de una noche de invierno (pesadilla rural en cinco breves actos)


Las cosas no son lo que parecen y la soledad es amiga del artificio.
Y de la magia.
Esta es la verdadera historia de Jay (que bien podría llamarse Lisandro) y Natalie (o Hermia si se quisiera). Sucedió exactamente hace dos años, la víspera del solsticio de invierno, el día en que D. anunció que llevaba a Lluís dentro de sí.
Jay y Natalie vivían su pequeña vida de post-estudiantes en una casa suburbana a cien metros de la playa de Kwana, en la Sunshine Coast. Él fabricaba tablas de surf. A ella le incomodaba que las virutas de fibra de vidrio se depositaran, acabado el baile aéreo, encima de la ropa tendida al sol. Ella daba clases de yoga. No comía carne y tenía la nevera repleta de citas de gurús de la meditación junto a una receta de pastel de chocolate sin gluten. 
La cómoda vida de playa se condimentaba con alguna visita de algún vecino con algunos hijos de más y hablaban de hipotecas y tipos de interés y la posibilidad de un viaje exótico a alguna isla exótica a la que nunca llegarían. Eran felices.
La madre de Jay se compró una granja de macadamias en la región del Arco Iris. Al no poder trabajarla día a día por su trabajo en Brisbane, Polly, la madre, ofreció a Jay la posibilidad de que se mudara a la granja con Natalie para custodiarla, desbrozar la lantana de las hileras de árboles y de paso probar un nuevo estilo de vida. Más natural, decía ella. 

Acto 1
La granja no podía estar mejor situada. A una hora de Byron Bay, a tres cuartos de Nimbin (el pueblo sin ley) y pegada a un gran bosque subtropical por donde pasan los trazos de una canción indígena. Auténtico enclave del conservacionismo más activo en los años ochenta, el bosque de Night Cap.
Jay y Natalie decidieron que el cambio debía ser radical. Desdeñaron la caseta que se les ofreció y decidieron construir su propia cabaña, con grandes troncos de alcanfor y lonas sujetas a los árboles que les protegieran de las infernales lluvias estivales. Trabajaban muchísimo. Tenían tres huertos orgánicos distribuidos por la granja. Comían bayas, plátanos, mangos, calabazas y todo lo que les daba la tierra. De día se bañaban desnudos en el arroyo y de noche escuchaban a las cigarras rugir. O eran las ranas. O las abubillas. O las kookaburras. O las estrellas.
Natalie encontró un trabajo en la panadería de Lismore (también orgánica, of course) e impartía clases en la comuna rural de Dharmananda a cambio de maíz, huevos, leche o róbalo. Jay encontró conexión a internet, se agenció un conteiner industrial que le serviría de estudio y empezó a estudiar permacultura  online.
Aprendieron a no depender del mundo exterior. Especialmente el uno del otro.

Acto 2
Nosotros los veíamos cada fin de semana cuando bajábamos a cosechar la nuez. Natalie y yo nos preparábamos para la media maratón de la Gold Coast. Corríamos por el bosque y parábamos a hablar con los granjeros. Después yo dormía bajo un gran brote de bambú, D. plantaba árboles nativos y Jay hablaba al mundo (virtual) de los poderes de la Gran Madre Natura desde su cubículo de 2 x 2 metros.
Discutíamos del poder del arroyo durante las crecidas. Él me hablaba de los espíritus que habitaban el bosque de Night Cap y de las confabulaciones neoliberales para controlarnos desde el cielo (a través de los químicos que lanzan los aviones desde sus motores). Me presentó los siete volúmenes de la vida de Anastasia, una joven que fue encontrada en Siberia viviendo con los lobos y en plena comunión con la tierra y su magia (http://www.ringingcedars.com/). Nunca los leí. Pero si leí la página web de Jay, en la que invitaba a la población mundial a la consciencia  planetaria y orgánica. Hablaba de fomentar la comunidad, el amor libre sin prejuicios carcas, del abuso de las ciudades. Invitaba a los lectores ávidos de espiritualidad a subvencionar la (su) causa con cinco dólares mensuales para poder mantener la página web y poder seguir enviando energía pura desde su cueva de aluminio mientras la fruta de la pasión, que colgaba de la enredadera, se dejaba pudrir al sol.
Recuerdo la tarde en la que un grano de mostaza quedó suspendido en la telaraña donde la polilla esperaba, vehementemente, ser comida.

Acto 3
La noche del solsticio de invierno, exactamente hace dos años, Natalie nos lo confesó. Uno a uno.
Estábamos en el festival de la luz en Lismore, donde los niños del pueblo desfilaban bajo la llovizna con grandes figuras de papel translúcido iluminadas por candelas. Año tras año las calles y los chavales hacen acopio de luz en previsión de un invierno oscuro. Figuras de delfines, koalas gigantes, hadas y gnomos pasaban delante de nosotros bajo paso festivo. La figura de un duende risueño se doblegaba empapado de lluvia bajo la triste expectación de su dueño de diez años. El duende no dejaba de sonreír. O era una mueca de dolor.
Jay estaba poseído, confesó Natalie. Había conocido a Tina, Hécate virtual, en un foro electrónico y le juró amor eterno. Jay se lo había explicado todo a Natalie esa misma mañana. También le pidió que hiciera las maletas. Tina estaba de camino después de romper con su marido y dejar cuatro niños al amparo de su padre en la paz suburbial de la Sunshine Coast.
Recuerdo como las lágrimas de Natalie se agolpaban, como en la cola de un supermercado, una a una, para caer con todo el peso de la perplejidad. Iluminadas por los farolillos de los niños. Una a una. Como haces de luz muerta.

Acto 4
Tina y Jay empezaron a vivir su sueño hecho realidad virtual. Se cambiaron de nombre. Jay ya no era Jay (sino Atum Tollai) y Tina fue Lilith.  Juntos exploraron todas las simas de la sexualidad tántrica. Maldijeron juntos su pasada naturaleza anglosajona de colegio privado y campamento interno de verano. Durmieron bajo las lunas de cuarto creciente y cantaron a la constelación del possum (según el mapa estelar aborigen) y de la sierpe pidiendo fertilidad. Ella se tumbaba al sol del invierno y él dejó de estudiar, pero siguió confabulando desde su agujero nigromántico en el cual ya nadie sabía que suerte de magias y pirotecnias de la emoción se cuajaban.
Las calabazas se expandieron sin control y la lantana empezó a cubrir los límites de la cabaña. El alcanfor se empezó a pudrir y la lona se agujereó bajo el penetrante sol de enero. La pareja dejó de hablar a los granjeros del lugar y ya nadie los conocía. Solo John, el propietario de la granja vecina y dueño de veintidós vacas, dijo haber visto una vez a Lilith desnuda, en el arroyo, gritando conjuros (o lamentos) al sol. Quizás la realidad de nervio, músculo y víscera era más dura que la del megabyte.   

Acto 5
Natalie siguió siendo Natalie. Volvió desconcertada a la Sunshine Coast en busca de un suelo emocional más firme.  Avatares del destino hicieron que una mañana entrara en internet en busca de respuestas. El facebook le dio la clave al encontrar el cabo al otro lado extremo de esa soga maléfica que colgaba de su cuello desde la noche del solsticio de invierno. Se llamaba Mike y era el ex marido de Tina, padre de cuatro hijos.
Lo que en principio empezó como una terapia de grupo y danza de porqués acabó siendo un enredo de flujos corporales, sentimientos y sábanas. El punzón envenenado de la traición es más llevadero si la herida es mutua en el juego de las cuatro esquinas. Nadie quiere ser plantón. Los dos descartes alimentaron así su soledad. Con atracones de despecho.  
Una noche Lilith llamó a sus niños para ver si todavía la añoraban. Ejercicio que su ego le permitía de vez en cuando. Al ponerse Mandu (que en aborigen significa sol), de siete años, Lilith empezó a destapar un pastel enconado de coincidencias. El perro que ladraba en el fondo de la conversación se llamaba Kundu, como el antiguo perro de Jay. Papá tenía una amiga muy simpática y muy buena y que les preparaba la cena vegetariana de vez en cuando.  También les daba lecciones de yoga. Y también se llamaba Natalie.   
Esa noche los dos satélites de Urano daban vueltas al planeta en la oscuridad del vacío. El sonido de sus carcajadas estelares lo oiremos en 3.649.243 días. Paciencia.

Epílogo 
El final de la historia nos lleva directamente a Newton y a su tercera ley. A toda acción corresponde una reacción en igual magnitud y dirección pero de sentido opuesto. Esta ley de acción y reacción nos dice que si un cuerpo A (llámese Jay, Atum o Demetrio) ejerce una acción sobre otro cuerpo B (digamos Natalie), éste realiza sobre A otra acción igual y de sentido contrario. Llamemos a esta reacción venganza.
Newton también dice (esta vez en su segunda ley) que siempre que una fuerza actúa sobre un cuerpo produce una aceleración en la dirección de la fuerza que es directamente proporcional a la fuerza pero inversamente proporcional a la masa.  Lo que Newton no explica es qué coño pasa cuando la fuerza no es tan fuerza, ni la masa es tanta masa.
Pasa que el cuerpo A acaba en una conferencia de mesías en Vancouver (después de volar 36 horas en un Airbus escupiendo químicos) y abandonado la granja de macadamias para comprar–solo y bajo contrato de leasing—una parcela rural en Nueva Gales del Sur perteneciente a un actor secundario de la legendaria película Hair.
Lilith está haciendo un curso de cine en Byron Bay. Quiere contar cómo perdió en un aborto la hija que fue concebida bajo cuarto creciente. Dice que el constante estrés y las malas energías en su relación con Atum mataron al que podría haber sido su quinto bebé. Yo creo que los espíritus indígenas de Night Cap se lo robaron y ahora es un lagarto monitor. Quizás una hoja de higuera.
La verdad es que yo les echo de menos cada vez que bajo a la granja. Natalie se dio cuenta que un cocinero de comida thai era más rentable (emocionalmente) que un padre divorciado, malpluriempleado y al mando de cuatro niños. Si un bardo inglés hubiera escrito esta historia, las aguas volverían a su cauce. El sol saldría por la mañana, los protagonistas dejarían la oscuridad del bosque y volverían con sus parejas originales al lugar del que nunca debieron salir.
Pero yo no soy el bardo inglés y ésta es la historia (verdadera) del sueño de una noche de invierno. No de verano.
Es lo que tiene emular mitos lejanos en latitudes erróneas.