Así llamaban los soldados de MacArthur a Brisbane durante la campaña del Pacifico en la Segunda Guerra Mundial. Mientras el pastel se libraba en el Mar del Coral, la bahía de Rabaul [donde nació Dione], el corredor de Kokoda, Guadalcanal o Filipinas [con el General White], los soldados fuera de servicio disfrutaban del burdel mas grande y surtido en la que hiciera el ejercito norteamericano su principal base militar en el Pacifico Sur. La guerra llego a su fin, los contingentes se fueron a casa y la ciudad quedo huérfana de acción. Solo quedaron las putas [solas] y algún que otro hijo [retoño] de puta. Y grandes jardines traseros con mangos a medio pudrir y largas calles de polvo.
Llevo tres meses en esta ciudad y ya nos reconocemos por la calle e incluso nos tuteamos.
Os podría aburrir con una larga lista de números, cifras y estadísticas en torno a la ciudad, pero como no soy de ciencias lo haré con letras [juro ser breve, al menos tanto como el que explica la teoría de la relatividad]:
Brisbane es considerada por los australianos [es decir, Sidney y Melbourne] una ciudad provinciana con demasiado rascacielos, mucho dinero, sol en exceso y absolutamente nada de cultura. Los años setenta y ochenta convirtieron esta ciudad en bastión del ultra conservadurismo policial [pecados y excesos de la época thatchereaganiana]. Eso, un neoliberalismo feroz y una política de expansión a lo alto y a lo ancho en encorsetado vestido de cemento le valió el apodo de Bris-Vegas, una ciudad re-inventada sin tradición ni historia. Yerma.
Escritores como John Birmingham o David Malouf tuvieron que largarse de lo que llegaron a considerar un desierto para las letras, la música o el arte. Sin embargo e irónicamente, en la mucha distancia empezaron a escribir sobre lo que conocían, sobre su casa, aunque esta fuera insulsa y falta de acción, pero que era suya. Malouf lo explica asi: "I knew that the world around you is only uninteresting if you can't see what is really going on. The place you come from is always the most exotic place you'll ever encounter because it is the only place where you recognise how many secrets and mysteries there are in people's lives". Al cabo de los años, cuando muchos volvieron con el peso de la añoranza en el bolsillo, paseaban por la ciudad sin reconocerla, entre los rascacielos que habían aplastado las pequeñas historias, y decían, Brisbane ya no es Brisbane, ahora es como cualquier otro sitio. Y ya no podían amar tanto lo que tanto habían criticado.
Bueno, pues en eso estoy yo, en recoger algunas de las pequeñas historias -de ahora o de antes me da lo mismo- en captar, aunque sea por asomo un poco del misterio y los secretos de esta esquiva ciudad, que no lo es tanto si la coges de la coleta.
Decía [mi intimo] J. E. Crawford Flitch en 1911 que los aspectos de una ciudad son tan variables como los de una mujer. Por eso aconsejaba incontestablemente tener la primera visión de Palma al alba. Desde la cubierta de un barco entrando en la bahía al despuntar los primeros rayos si pudiera ser. Decía que la belleza de Palma es serena, sin abalorios, sencilla, y que esa es la razón por la que se le tiene que acompañar al despertar, para verla tal como es, sin artificio, sin maquillaje.
A Brisbane le pasa lo contrario. Es una jovenzuela un tanto malencarada un tanto marimacho. Suda más de lo que debiera y camina como la adolescente de pies grandes que todavía no ha asimilado su crecimiento. Grandes piernas manos grandes. Pero cuando llega la noche -que debilita los corazones que dice el cantautor- la ciudad se estira como si quisiera confundir las luces de los pisos 46 y 47 con la luz de las estrellas y es cuando las piernas se le estilizan. Ya no se asemejan a las de un percherón. El río se le ajusta a la cintura y hasta parece que, con unas horas de más, te podría sonreír toda la noche. Y es entonces cuando lo hace. Te regala uno de esos momentos que sabes que es intimo, entre tu y ella, aunque haya millones de personas más en la fiesta, pero que canta sólo para ti. Y cruzo el puente de Story y la veo, tumbada, lánguida, lentejuelada. Y me manda un beso con sabor a la sal de la bahía de Moreton. Y me relamo el labio.
Hoy la veía desde lejos, desde la bahía Decepción mientras Josep jugaba en la arena. 29 kilómetros de manglares y lagunas [billabongs] nos separaban. Y en la distancia todavía se le veía la silueta, preparándose de nuevo para la noche.
Pagaría a la gran furcia del sur para acostarme con ella. Y que entre el sofoco y el desvelo me contara alguno de sus misterios. Alguna de sus historias.

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